El Rey Midas tiene chica nueva

Foto de Patrick Demarchelier

“Vete ya, si quieres. Pero cuando te marches deja encendida la luz, por favor. Estaba leyendo, ¿no lo ves? El periódico, sí. Lo estaba leyendo cuando entraste. Así que la luz, por favor. Acuérdate de no apagarla. Y de cerrar la puerta también, si no te importa. Ten esa mínima cortesía conmigo. Como beso de despedida, si quieres. Por una vez, me gustaría sentir que, cuando te largas de una habitación, piensas en el que queda atrás. A veces lo has hecho… ¡No me mires así! Descuida que no estoy intentando camelarte. Pero sí retenerte. En eso sí tienes razón. Quisiera que te quedaras conmigo un poco más. Unos minutos solo. Como si no existiera esa chiquilla que te está esperando abajo, en el coche.

¿Cuántos años tiene ella, Mario? Muy pocos menos que yo, me parece. ¿Cinco, seis años menos? Pero ella guarda aún toda la inocencia. Toda la que tú me quitaste a mí. Ella aún cree que contigo le ha tocado la Lotería. El Premio Gordo, para ser exactos.

En su día, yo también me alegré de ligarme al Rey Midas. De casarme con él, nada menos. No se me ocurrió pensar que tú todo lo conviertes en oro, pero que el oro es un metal. Un metal tan frío como todos los demás.

Gracias, Mario, pero no me voy quedar esta casa. No es mía. Es tuya. Cuando yo vine a vivir contigo, ya era tuya. Y así seguirá. A mí no tienes que compensarme de nada. Yo fui feliz contigo, aquí… ¡No pongas esa cara de fastidio! Si te aburro, te jodes. Haz el paripé. Haz que me escuchas y te importa lo que digo. Deja que exhiba mi dignidad, esa que tú crees que yo no tengo. Y sobre todo, trágate esa palabra que a punto estabas de escupir. Es muy fea, una revancha de niño malcriado que quiere tener la razón. Y además es muy falsa. Porque yo no soy una puta. Si lo fuera, te hubiera aceptado la casa. Pero no la quiero. Ya te he dicho que no la quiero.

¿Me haces un favor, marido? Dale una oportunidad a la Nueva. ¿Se te ha ocurrido pensar que a lo mejor te quiere de verdad, que a lo mejor no la estás comprando? A mí me pasó. Tengo veinte años menos que tú, pero a mí me pasó. ¡Me enamoré! Así que cuando me vaya de aquí solo me llevaré mi ropa. Sólo mi ropa normal, la de diario. Las joyas no. Quédatelas. No las necesito. Te anuncio que venderé los vestidos de fiesta. Estaré encantada de venderlos. Pero no por desprecio hacia ti o lo que tú me has dado, sino por una cuestión práctica: sencillamente, porque en mi casa nueva no cabrán. La gente normal tiene armarios normales, armarios donde caben dos abrigos y cuatro vestidos, cuatro trapos de los de todos los días, de esos que yo me entretengo a veces en coser.

Por supuesto que te haré pasar esa vergüenza de que yo venda mis vestidos de fiesta. Pero para mí no es una vergüenza, Mario. A mí me va a venir muy bien que todo el mundo sepa que necesito dinero. Que no quiero que me mantengas.  Llamaré a tu amiga Stella Hudson, esa ropavejera de lujo que me recuerda a Cruella de Vil, y a ver cuánto me da por todo. ¿Cuánto tiempo crees que tardará en cacarear que le ha comprado todo su armario a la esposa del gran Mario Izquierdo?

No. No es más fácil que tú me extiendas un cheque por el valor de los vestidos. ¿No lo has entendido, Mario? ¿No has entendido por qué los voy a vender?

¡Sonríe todo lo que quieras! Venga, hombre, tú no te prives… Pero que sepas que si pudiera, te rompería la cara. Sería capaz de hacerte sangre, si con eso pudiera borrar esa sonrisa cínica que… ¿Cuándo empezaste a sonreírme así? Sonríes como la otra, como Eugenia, tu primera mujer. ¡No! No voy a dejar a Eugenia en paz. No me da la gana. Ya la he consentido demasiado, a esa mete-mierda.

Eugenia es mala persona, tú lo sabes. Por eso llamó ayer a esta casa. A esta casa en la que yo cojo el teléfono, en la que siempre soy yo la que cojo el teléfono porque nunca me he acostumbrado a que lo coja el servicio. “¿Sabes lo de la chica nueva?”, me soltó la serpiente así de sopetón, en cuanto descolgué.

Eh, eh, eh… ¿A dónde vas? Quédate ahí. Escúchame. No te lo pido. Te lo exijo. Me debes un minuto más, Mario. Que la Nueva espere un poco. Que se vaya haciendo a las verdaderas costumbres del amo. A tu egoísmo. A la ausencia de preguntas sobre cualquier cosa, incluso sobre lo más elemental. Por ejemplo, “¿dónde quieres ir de vacaciones?” Ni una sola vez me has preguntado si de verdad me gusta pasarme un verano entero encaramada a la cubierta de un yate, dormitando en la cubierta, sonriendo a toda tu corte. ¡Pues no! ¿Te enteras?: ¡NO! ¡Me gusta hundir los pies en la arena, Mario! ¡Pasear por la orilla, pelearme con las olas, buscar conchas y meterlas en un bote! ¿Tú sabías eso? ¿Sabías que me gusta agacharme y recoger conchitas, como los niños pequeños? ¿No te lo he dicho nunca? No, claro. No te lo he dicho. Para qué, si había otra cosa que me gustaba más: tenerte contento y disfrutar de tu compañía, de ti alrededor de mí, buscando mi mano.

Soy lo que soy por ti, Mario. Soy una mujer fuerte por ti, Mario. Por ti, que tan poca resistencia tienes a la frustración. Y también casi culta gracias a ti, Mario. Sí, he dicho “fuerte” y “culta”, Mario. ¿Creías que iba a decir “inerme”, o “ignorante”? ¿De verdad se te ha ocurrido pensar que yo podría insultarme a mí misma, insultarme del mismo modo que tú estás a punto de hacer desde que entraste en la habitación? ¿Te crees que no sé leer entre líneas, mi amor? Entre líneas de esa ira tuya que en el fondo es una tristeza enorme, un enfado profundo con… ¿Con quién, Mario? ¿Conmigo? ¿Conmigo o contigo? Tú aún tienes que asimilar lo que estás viendo. Aún… ¡Sabes perfectamente que no me he pasado los últimos siete años limándome las uñas! He aprendido mucho. Mucho de todo. De inglés, y de negocios,  y de geografía. Pero también cosas bastante más importantes que eso de que Ostia es un aeropuerto y no el pan consagrado que dan en misa.

¿Sabes lo que oí el otro día en una serie nueva, una que cuenta lo mal que se llevaban Bette Davis y Joan Crawford? Pues que las grandes enemistades no están causadas por el odio, sino por el dolor. Así que yo, a partir de hoy, voy a tener una gran enemistad contigo, Mario. Muy grande.

Me dueles, mi amor. Me dueles pero no voy a llorar. Relájate, campeón. ¿No ves con qué tranquilidad te estoy hablando? Me debes cinco minutos más. Cinco minutos por todas las horas y las noches y los fines de semana que llevas meses robándome. Es cuestión de un momento… Sólo quiero dejarte claro que yo te quise, Mario. Nunca me has comprado, ¿entiendes?

Nunca voy a olvidar aquella noche de la fiesta en la embajada, la atención que prestaste a la chica asustada que era yo.  Yo, que tenía veintidós años y un miedo incontrolable. Miedo de que aquel señor tan encantador y tan culto y tan gay que se paseaba por todos los corrillos, el Señor Embajador para ser exactos, descubriera a la ratita impostora. Miedo a que el vestido azul noche que supuestamente me cubría revelara su alma de harapo a medio hilvanar y me dejara en pelotas. Miedo a que el modisto que me llevó a la fiesta para que le hiciera de percha de su trabajo me encontrara apocada, ñoña, demasiado vulgar lejos de la parafernalia de la pasarela.

Del miedo se habla como un instrumento de control. De los demás sobre ti. Pero eso no es verdad la mayoría de las veces. No son los demás quienes te paralizan. Eres tú quien no te puedes mover, quien está atrapada en una telaraña invisible pero perfectamente rígida. Más rígida cuanto más oyes lo de “guapa, preciosa” y procuras ni respirar para no decepcionar a nadie, para seguir siendo la mascota obediente que no tiene problemas en caminar sobre tacones de quince centímetros ni en quedarse desnuda entre bambalinas, en manos de veinte personas que te visten, te peinan, te adulan y te insultan, todo a la vez porque tú eres la que tienes que salir a matar ahí fuera, haciendo de portavoz del trabajo de todos ellos.

“¿Incómoda? ¿Te presto mi chaqueta?”, me preguntaste tú aquella primera  noche  nuestra, mirando directamente el escote de aquel vestido que apenas velaba nada.  Y yo me reí.  “Bastante -te dije-. Estoy casi desnuda entre gente muy vestida”. Me reí porque entendiste que yo estaba muerta de vergüenza. Que una modelo con todo el ser al aire puede sentirse magnífica en la pasarela, y absurda e indefensa a pie de escenario.

Dime, Mario,… La chica que te espera abajo se llama Verónica, ¿verdad?¿Qué cómo lo sé? Por Dios, hijo… ¿A ti que te parece? ¡Pregúntale a tu Santa Eugenia!

Verónica es un nombre bonito, mucho más que el que yo me puse a mí misma para subir a desfilar. Suena a nombre de verdad, de los que ponen los padres. No se lo ha inventado. No se llama Cuca ni Pipi ni Tota. Su nombre no se parece a ninguno de esos apodos ridículos que imaginé yo para mi misma, para la modelo que yo era, y que algunas pijas amigas tuyas adoptan para vivir todos los días. Me gusta que se llame Verónica.  Es un nombre largo y contundente. Me da confianza. Me hace pensar que te va a tratar bien… Yo tuve una compañera en el cole que se llamaba Verónica. Verónica Bracamonte. ¡Fíjate qué apellido! De pirata, casi. Y encima mi amiga tenía unos ojazos negros preciosos y el pelo muy rizado. Era muy lista. Lista de verdad. Y a lo mejor ahora mi Vero, la Vero de mi cole, hasta trabaja para ti y yo no lo sé. A lo mejor es una de tus ejecutivas y, si me la encontrara de frente, hasta se acordaría de mí, de Juani La Jirafa.

Yo a la Vero le tenía mucha envidia, Mario. A la Vero, ya de pequeña, se le veía que iba a llegar a algo. A hablar inglés, por ejemplo. A ella ese conocimiento parecía venirle tan de serie como a ti y a esos ricachones amigos tuyos. Pero a mí no. A mí lo que me venía de serie es que todo el mundo me dijera “¡qué guapa es esta chiquilla!”. Eso era lo que me repetían a mí por todas partes. Ese era mi don. El don que primero saltaba a la vista. A nadie se le ocurrió pensar que alguna vez me hubiera gustado oír eso que tanto le decían a mi amiga: “¡Qué lista, la niña! Será ingeniera, por lo menos.”

¿Entiendes lo que quiero decir, Mario? Estoy cansada de que nadie vea en mí más que lo evidente. Soy guapa, sí, y además, delgadísima. A base de matarme de hambre, delgadísima. Pero también soy lista. Muy lista, aunque no haya ido a ningún internado suizo, y aunque nunca jamás consiga pronunciar el inglés como lo pronuncian tus hermanas y tus cuñadas, ni mucho menos tus hijísimas.

Yo soy una chica lista, Mario. Y tú lo sabes. Lo sabes en lo profundo de ti, y no en la superficie de esa palabra injusta que ahora no se te cae de la boca. ¿Sabes una cosa? Esa palabra encaja mejor en la mamá de tus niñas, en la sinvergüenza que ayer marcó el teléfono de esta casa para rebozarse en el placer de decirme lo de “la chica nueva…”

Espero de corazón que la chica nueva sea lista. Tan lista como yo. Tan lista como para mirarte a los ojos y no a esas manos de Midas que a ti también, ¡a ti sobre todo!, te mantienen esclavo de la frialdad del metal. 

Soy tan lista que te aseguro que dentro de unos días, cuando me vaya de aquí, llevaré los bolsillos llenos. No de dinero, sino de mi gran enemistad contigo. ¿Ya te lo he dicho? Es verdad. Ya te lo he dicho. Pero es que quiero que quede muy claro que no me dejas con las manos vacías.

¿No te vas? ¿No te ibas a ir ya? Con la prisa que tenías hace diez minutos… Ahora sí que te agradecería que apagaras la luz. Sí, ya sé que estaba leyendo el periódico cuando entraste. Pero lo voy a dejar aparcado cuando te vayas. Se me cierran los ojos. Tengo que cerrarlos. Hay demasiadas noticias en lo profundo de mí misma, historias que yo no sabía que eran mías, historias que me han crecido dentro cuando te he visto entrar y mirarme así, con ese peso de la culpa que tanto te oscurece los ojos, mi amor.

No arrugues la frente, cariño. Te hace viejo. Coge el móvil, anda. Dile a la Nueva que ahora bajas. Enseguida, sí.

Baja. ¡Baja ya! ¿Ya no tienes prisa?”

(Este cuento es la génesis de la novela que estoy ultimando. Si eres editor, contacta en maescla@hotmail.es)

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