Métaforas, economía y poesía

Ellector

“El lector”, de Louis Ernest Meissoneur.

Memoria y esperanza son los temas de la poesía. Y memoria y esperanza son también los temas de la economía. ¿Qué son los gráficos y las series estadísticas, sino memoria? ¿Y quién se atreverá a negar que en las expectativas se esconde la esperanza? Pero hay algo más que comparten la economía y la poesía. Algo que manejamos de continuo, todos los días, sin darnos cuenta.

Escriben los poetas de labios como espadas, de corazones en llamas, de mares muertos de frío. Y hablan los economistas de exuberancia irracional en los mercados, de la gran depresión que nos agobia, de la sequía del consumo.

La metáfora une a poetas y economistas. Desde siempre. Desde el mismo momento en que a Adam Smith, profesor de Retórica y Literatura, se le ocurrió aquello de la “mano invisible”; o desde un poco antes aún, cuando François Quesnay, cirujano  y médico de Madame de Pompadour, tuvo la idea de comparar la circulación de la sangre con la circulación de la riqueza, y llegó así a formular la teoría  de que ampliar el flujo de la riqueza en circulación amplia también el crecimiento económico.

Todos los días, a todas horas, en todos los foros, hablamos de la economía en términos de salud. O en términos militares que nos hacen emprender batallas contra la inflación o el avance del desempleo. En otras ocasiones la convertimos en un mecanismo, locomotora, motor, tren o freno. ¿Y cómo contar las innumerables veces que la hemos comparado con un fluido, con una planta, con un animal, con esos desastres climáticos que, especialmente desde la crisis del 2008, nos han hecho hablar del tsunami financiero, de la tormenta que no cesa?

Pensamos metafóricamente. Comprendemos el mundo a través del como si, de la analogía, de la comparación. El poeta lo hace al nombrar los dientes como perlas. Los economistas al hablar de la economía como si fuera un organismo vivo, capaz de crecer.

¿Los modelos económicos no son en realidad otro como si, otra metáfora?

Las metáforas introducen un hálito de vida en cualquier ciencia. Convierten lo abstracto en concreto. El como si refuerza la comprensión y hacen que lo que se dice sea más interesante.

Dos estudiosos del lenguaje, Henderson y McCloskey, demostraron en los años 80 que las metáforas son la herramienta que construye la economía. Sostenían que los razonamientos económicos evolucionan y avanzan a través de las metáforas. Sin la mano invisible de Adam Smith, el concepto de libertad de mercados no habría echado a rodar por los siglos adelante, provocando pensamientos nuevos, controversias agudas, teorías que alentaron la transformación de la sociedad.

La expresión de Adam Smith fue la chispa que encendió un reguero interminable de reflexiones. Actuó en su día como una de esas metáforas geniales, nuevas, que técnicamente, en la jerga de los estudiosos del lenguaje, reciben el nombre de  “metáforas vivas”. Pero tres siglos son muchos. Todas las metáforas vivas acaban por convertirse en metáforas muertas, en producto caducado y venenoso. A veces, al escuchar lo que dicen algunos ultra-liberales, yo siento que eso es justamente lo que está pasando: alguien ha convertido la metáfora de Adam Smith en muladar donde picotean intereses ilegítimos.

La economía esconde un alma de doble filo: por un lado la habitan los números; por el otro, las palabras. El problema, para la ciudadanía, surge cuando algunos desalmados pretenden hacer literatura de la mala, y no poesía, con lo que dicen las matemáticas.

 

Acerca de Esclavitud Rodríguez Barcia

Periodista y escritora, autora de las novelas "Un rumor que no se va" y "Nunca más tu sombra junto a mi". Ha trabajado como consejera técnica en la Secretaría de Estado de Comunicación (España) y formó parte del equipo fundador de Inversor Ediciones. Redactora en prensa económica y creatividad publicitaria. Nació en Vigo en 1961. Es Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y Máster en Comunidades Europeas por la Escuela Diplomática de Madrid.
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