Esperanza y economía, o cómo comunicar el futuro

La lectura, de Eduard Manet.

La lectura, de Eduard Manet.

Esta mañana el café me supo bien. La radio se encargó de llenarlo de azúcar y yo, sentimental como soy, no me privé de dejar caer sobre el líquido negro unas cuantas lagrimitas. Estoy emocionada a cuenta de una cifra irrisoria, de una gota blanca en el pozo negro de la angustia que viven los casi 5 millones de personas que no tienen ocupación remunerada en mi país (aunque quizá trabajen muchísimo, pero esa es otra historia…)

“En noviembre encontraron trabajo 2.475 personas”, me susurró el viejo transistor de mi cocina, un trasto de otro siglo que, como yo, se resiste a que lo dejen sin voz. “Encontraron trabajo…” De acuerdo. Quizá no fueron esas las palabras exactas que yo escuché. Pero son,  sin ninguna duda, las que quise escuchar. Ahora, en este momento, desde este apunte escrito a brote pronto en mi bitácora, me apetece reivindicarlas.

Cuando digo “son las palabras que quise escuchar…” soy muy consciente de que le estoy haciendo el caldo gordo al  Gobierno de Mariano Rajoy, un “señor de Pontevedra”, como él dice, al que yo no le tengo simpatía, aunque compartamos origen. Como todos los aficionados a destripar la comunicación y a hurgar en las entretelas del lenguaje, sobre todo si es lenguaje económico y  financiero, tengo en mente el mantra del comunicólogo americano Frank Luntz: “Lo importante no es lo que dices, sino lo que la gente entiende”.

Lo que yo he entendido es esto:  en noviembre de este 2013, en 2.475 hogares de mi patria entró la alegría.

Esta es mi patria. No una tierra enemiga en la que me da rabia que fructifiquen las buenas noticias.

Insisto: esta mañana, mientras tomaba mi café, entendí que en 2.475 hogares entra un salario que antes no entraba. Me da igual que mi tribu progresista me mire de reojo, con acritú, como diría Alfonso Guerra. Soy progresista, pero voy a soltar mi grito de rebeldía ya de una vez: hoy no me apetece sumarme a la consigna que cantan a coro los progresistas. Esa consigna –sí, consigna- cunde como un incendio de cólera en Twitter: “¡Vaya dato mentiroso!, qué morro, como si no supiéramos que el paro baja por desánimo, porque la gente ha dejado de ir a sellar, porque no tiene más remedio que hacerse autónomo…!”

Desde luego que tenéis razón, queridos. Las cifras aisladas no son nada, no tienen alma, y vosotros hacéis muy bien en leer el descenso del número de parados junto a la caída en el número de afiliados a la Seguridad Social. La vuestra es una lectura completa y no mendaz, una lectura que –como manda el buen lenguaje de la comunicación política- enmarca el dato en un contexto, en el contexto de nuestros valores sociales, nuestro ideal de que el bienestar o es de todos o es de nadie, nuestra convicción de que el Estado no puede acorralar al ciudadano contra unos sueldos de miseria y unas condiciones laborales esclavistas.

Pero a mí, compañeros progresistas (las compañeras ya saben de sobra que están incluidas en el genérico), me parece que se os está olvidando parte de ese contexto. Se os está olvidando algo tan elemental como que los ciclos económicos cambian cada siete años, y que vamos ya hacia el 2014 después de siete penosamente bíblicos años de travesía del desierto.

A mí me gusta el café muy cargado de azúcar.  Me cuesta tragar lo amargo. Pero una cosa es eso y otra convertir el mínimo cambio de tendencia que trae consigo un dato de paro en un relato negativo, catastrofista, contrario al más elemental sentido común… y a la oportunidad política.

Queridos politólogos y comunicólogos de la rama izquierda (a la que yo, insisto, pertenezco): ¿dónde queda hoy vuestra fe, abundantemente proclamada, de que una buena comunicación política se basa en vender esperanza? Convertir el descenso de parados en instrumento del “y tú más”, en látigo vengador contra el Otro Partido, ¿es positivo para nuestro futuro, para el futuro que queremos que sea de todos?

Hay muchísima gente tan aficionada al café con azúcar como yo. Lo amargo y la cicatería se nos atragantan. Y hasta puede que nos desalienten cuando toque ir a votar. Ojalá no tengamos que oír por ahí: “Total, todos hablan igual; sólo saben acusarse unos  a otros”.

Acerca de Esclavitud Rodríguez Barcia

Periodista y escritora, autora de las novelas "Un rumor que no se va" y "Nunca más tu sombra junto a mi". Ha trabajado como consejera técnica en la Secretaría de Estado de Comunicación (España) y formó parte del equipo fundador de Inversor Ediciones. Redactora en prensa económica y creatividad publicitaria. Nació en Vigo en 1961. Es Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y Máster en Comunidades Europeas por la Escuela Diplomática de Madrid.
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