Poetas del best-seller

 

Desnuda en la playa", de John William Goodward, pintor neoclasicista que se suicidó porque en el mundo "no hay sitio para mí y un Picasso." Y sin embargo, cuánto misterioso relato desprenden sus pinturas, despreciadas por simples, ornamentales, fáciles.

“Desnuda en la playa”, de John William Goodward, pintor neoclasicista que se suicidó porque en el mundo “no hay sitio para mí y un Picasso.” Y sin embargo, cuánto misterioso relato desprenden sus pinturas, despreciadas por simples, ornamentales, fáciles.

Leo en un periódico español que la literatura ya no vende como antes, que las librerías  sólo logran hacer caja con las novelas e historias de consumo rápido, esas a las que solemos colgar la etiqueta de best-sellers. Dice el mismo periódico que los poetas y las novelas “de contenido literario” ya no venden, pero entre ellas cita a dos autores cuyas últimas obras a mí, francamente, me han dejado fría y seca, sin lágrimas ni emociones ni risas, y encima fastidiada por haberme gastado un pastón en ellas. De verdad que ahora empiezo a entender a Gonzalo Torrente Ballester cuando, ya muy viejecito y casi ciego de tanto haber leído, decía que a él ya no gustaba leer, sino sólo releer.

“Los clásicos no me hacen perder el tiempo”, venía a decir el creador de Los gozos y las sombrasEl golpe de Estado de Guadalupe Limón, La boda de Chon Recalde y tantas otras novelas de amor y odio, ambición y fracaso, que a mí me han hecho estremecer de placer. Tiene Don Gonzalo la impresionante virtud de coger lo mediocre y en apariencia anodino para sacudirlo con fuerza, impíamente, hasta que sale de esa molienda un aroma fabuloso a divina humanidad. Por lo visto, el autor sudó tinta hasta que consiguió publicar Los gozos y las sombras, y aun así el libro no vendió nada hasta que alguien -que probablemente se sintió vivo al leerlo- decidió que esa historia agridulce de amores contrariados y perdedores rebeldes, narrada sobre el telón de una Galicia rural que se abre al siglo XX, merecía una serie para la tele. Lo que salió fue un cuento tan embriagador que, ¡madre mía!, ató a millones de personas a la pequeña pantalla durante un montón de semanas.

El Amor que no puede ser y el Despertar de una nación dormida en el Medievo… Casi nada, lo que se traía entre manos Don Gonzalo. Ya quisiera una disfrutar todos los días de best-sellers como ése, llenos de una enjundia y una salsa tan popular y al mismo tiempo tan épica como la que empapa todas las páginas de El Quijote.

Supongo que ya se han fijado ustedes en la hermosa dama desnuda que adorna el comienzo de esta entrada. Sugerente imagen, ¿verdad? ¿Apropiada para la portada de un best-seller o para la portada de una novela “de contenido literario”? ¿Qué más da? A mí  esos distingos me parecen mojigatos, cosa de provincianos del intelecto. La hermosura de la joven que pintó John William Goodward es evidente, como evidente es  el íntimo estremecimiento que me produce el poeta Mario Benedetti cuando habla de  esos ” diez centímetros de silencio que hay/ entre mis manos y tus manos” y lamenta y celebra, todo a la vez, el amor inoportuno con el que alguna vez la vida nos regala y nos golpea.

Una vez me despreciaron al Señor Benedetti en plena cara. “Demasiado popular, ¿no?”, me soltó cierto día, de cuya fecha exacta no me quiero acordar, un colega escribidor, mientras preparábamos en Moncloa, en la Secretaría de Comunicación, unos papeles para dar la bienvenida a España a Tavaré Vázquez, entonces presidente del Uruguay de mi Don Mario.

¿Demasiado popular? ¿Es artista verdadero aquel que siente como un menoscabo el estruendo de su fama?

A veces alucina una con el despiste de los lumbreras de turno.  Allá se coman con trufas y caviar sus remilgos culturales. Pobrecillos. No saben lo que se pierden ni cómo mola “afluir en el unánime corazón extendido”, que diría Don Vicente Aleixandre, poeta laureado con Nobel y sin embargo íntimo amigo, boca que denuncia –como yo y tantos miles como yo-  la pedantería insoportable de esos que nos administran y encajonan la Cultura: “No quiero, no, clamar, lanzar la lengua/ proyectarla como esa piedra que se estrella en las alturas.”

“Llueve en silencio, que esta lluvia es muda/ y no hace ruido sino con sosiego”, susurra el portugués Fernando Pessoa, poeta y por supuesto Maestro Cum Laude de todos los que aspiramos a comunicar. Da la risa pensar con cuánta teoría y tontería nos embadurnamos, cuando el secreto de la elocuencia lo tenemos aquí, delante de nuestros ojos, escondido en la modesta brevedad de unas pocas palabras:

“Y que al leer mis versos piensen

que soy algo natural:

por ejemplo, el árbol antiguo

a cuya sombra, cuando eran niños,

se sentaban de golpe, cansados de jugar,

y se limpiaban el sudor de la cabeza ardiente

con la manga de su guardapolvo a rayas.”

 

Yo admiro a los poetas. Y por eso mismo también a Pablo Ordaz o a Elvira Lindo, y a todos los periodistas que convierten su trabajo en Literatura de la Realidad. Seguro que ellos entienden por qué a los 94 años, ahíto de vejez y sabiduría, el teólogo Enrique Miret Magdalena regaló a su familia esta frase: “Dios es poesía en la cual se cree”.

Acerca de Esclavitud Rodríguez Barcia

Periodista y escritora, autora de las novelas "Un rumor que no se va" y "Nunca más tu sombra junto a mi". Ha trabajado como consejera técnica en la Secretaría de Estado de Comunicación (España) y formó parte del equipo fundador de Inversor Ediciones. Redactora en prensa económica y creatividad publicitaria. Nació en Vigo en 1961. Es Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y Máster en Comunidades Europeas por la Escuela Diplomática de Madrid.
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