Política ficción-personajes en campaña. Paco Baira y la traca final del candidato ideal

“Los días cogieron carrerilla y, antes de que ninguno de los implicados en las elecciones pudiera darse cuenta, amaneció el viernes que marcaba el punto y final de la campaña, y también la apoteosis de la misma.

"El orador", de Magnus Zeller

“El orador”, de Magnus Zeller

Como es costumbre en los comicios autonómicos, Baira había invitado al presidente del Gobierno de España a participar en el cierre de la campaña. Y, naturalmente, Juan Lastra se ofreció para recibir a José Arrete en el aeropuerto de Santiago de Compostela e, inmediatamente después, presentárselo al amigo Paco. Se necesitaba un oficiante de la presentación porque, por muy extraño que parezca, Baira y José Arrete aún no se conocían personalmente. Baira era una estrella reciente, alguien que había ascendido de forma fulgurante. De hecho, hacía apenas seis meses que se había hecho con el liderazgo del partido en Galicia.

Arrete y Baira sentían una recíproca curiosidad por conocerse.

El candidato gallego admiraba la capacidad del presidente Arrete para conseguir que el PSD pareciera un lago de aguas tranquilas. Le impresionaba esa ficción de paz porque Baira sabía que en el partido había mucho guerrillero oculto, muchos leales que se sentían traicionados y ninguneados por gente nueva, por emergentes casi desconocidos. Él mismo, Baira, pertenecía a la indeseable especie de los intrusos.

José Arrete, por su parte, estaba deseando evaluar de primera mano si el célebre Baira era un gato tan díscolo, peligroso e independiente como Juan Lastra lo pintaba.

Arrete aterriza en Santiago de Compostela sobre suelo seco. Pese a que le han repetido hasta la saciedad que aquí llueve y hay niebla cada dos por tres, la tierra le sonríe. El sol brilla sobre este funcional aeropuerto que ya desde el aire le pareció anacrónico, irreal, una modernidad casi marciana emergiendo entre los campos verdes y las torres-estalagmitas de la Catedral.

Tras el ademán introductorio de Juan, el primer gesto de Baira y Arrete fue una recíproca sonrisa que, para sorpresa de ambos, resultó menos protocolaria y más cálida de lo que habían previsto. ¡Bien! Está claro que parten de un mutuo respeto. Eso es lo que queda sentado desde el primer contacto visual entre ambos. Y eso es lo que inmediatamente les convierte en cómplices, unánime muro frente a los remilgos que puedan venir de toda la cohorte de burócratas, mediocres y pelotilleros que ambos se ven obligados a soportar.

José Arrete ha llegado al aeropuerto de Santiago con muy poco margen para entretenerse en cortesías menores. El tiempo que va a utilizar para participar en el mitin es el mínimo posible “por necesidad, pero también por cuestiones estéticas”, como explica cuidadosamente a Baira, una vez sentados los dos en el coche que, circunvalando la capital de Galicia, los lleva al viejo recinto ferial de ganado.

Esta tarde-noche de viernes, Arrete acumula sobre las espaldas una jornada abrumadora. Al habitual Consejo de Ministros le ha sucedido una reunión con la patronal de los empresarios y una ronda de entrevistas con corresponsales de prensa extranjeros.

-Y por si no bastaba, ahora te toca el mitin- dice Baira, intentando ser cortés y reconocer el esfuerzo de su invitado.

-Sí, ¡pero esto me encanta! En un mitin nadie me pone verde. Si no fuera por estos ratos… -se arranca Arrete, sonriendo con una picardía que Baira entiende al instante.

-Ya. Me imagino… En los mítines uno puede soñar…

Ahora sí que José Arrete mira con intensa curiosidad a Baira, antes de darle un golpecito en el brazo y asegurarle:

-Nos vamos a entender bien, ya lo verás. Aunque me habían dicho que eras un iluso…

-Créeme: lo soy.

-Y yo también, Paco. Yo también.

Una risita breve es todo lo que ambos hombres se permiten. Pero, encantados de conocerse, se sumergen en un silencio satisfecho que les hace llegar de excelente humor al pie del escenario.

Otro "El orador", en versión de Emilio Longoni.

Otro “El orador”, en versión de Emilio Longoni.

El beso de Lina

José Arrete no tiene, sin duda, ninguna gana ni intención de perder el tiempo. Ahí mismo, en el pasillo lleno de cables que conduce hasta el atril, se apresura a hacer gala de su recién adquirida amistad con Baira. En presencia de todos los mandamases allí concentrados, y sobre todo de Juan Lastra, infiltrado suyo en la campaña gallega, Arrete alaba la estrategia de usar con cuentagotas los actos excesivamente multitudinarios. “Muy bien hecho, esto de ir a lo local y a los sitios pequeños. Si antes no hubierais racionado los grandes actos, el mitin de Pontevedra, el del beso con Lina, no hubiera tenido tanta repercusión”, subraya el Sumo Pontífice de todos los allí presentes, sin dar opción a ninguna duda sobre el rotundo éxito que cosechará la campaña de Baira.

Juan apenas se permite un mohín de amargura. Agacha la cabeza sólo un momento, un momentito de nada, y cuando la levanta ya ha enterrado en el subsuelo más profundo la tonelada de bilis que se acaba de tragar. Porque ha sido Lastra, precisamente Lastra, quien ha gastado arrobas de saliva para… Para nada, porque nunca pudo convencer a Baira de que la estrategia de dosificar los actos grandes estaba equivocada. “Tú eres un candidato casi desconocido, ¡no puedes ahorrar fuegos artificiales!”, alegaba Lastra. Inútil insistencia. Por eso, después del rumor del adulterio, le había sorprendido tanto la iniciativa de Baira de traladar el mitin de Bueu a Pontevedra. “¿Lo ves? –había dicho Baira, irónico- No es que no quiera fuegos artificiales, lo que ocurre es que hay que elegir muy bien el momento de usarlos.”

El candidato se había empeñado en hacer una campaña electoral pacienzuda, meticulosa, casi municipalista. Como si se tratara de elegir un alcalde, y no un presidente autonómico, Baira había cambiado los grandes actos multitudinarios por numerosos encuentros en polideportivos y colegios de pueblos pequeños. Allí, Baira solía recorrer brevemente el discurso nacional del partido –solidaridad, justicia, igualdad de oportunidades- para después, de inmediato, hacer un repaso minucioso a las necesidades y aspiraciones de la gente que tenía enfrente, dócilmente sentada en las sillas escolares de sus hijos, o en las gradas desde las que soñaban con verlos convertirse en grandes deportistas, en triunfadores adinerados, libres de las miserables penurias que hacen falta para ganarse el pan de cada día.

Arrete está bendiciendo por sorpresa toda esta equivocada estrategia a la que Juan Lastra dedicó tantas críticas. Pero quién puede negar que el viril marido de Rosa tiene grácil la cintura… Míralo. Mira cómo gira y se encuentra a sí mismo –intacto, victorioso de nuevo— después de aceptar lo que hace un rato le parecía inaceptable. Vale, de acuerdo. Juan Lastra acepta plenamente que Baira había tenido razón al plantear una campaña así, tan… tan pueblerina. Pueblerina no. No, no, para nada. Idea nueva, lenguaje nuevo, that is the question. Rebobinemos: lo que el amigo Paquito había conseguido era una campaña emocional, cercana, relevante para todos y cada uno de los votantes. Eso era lo que pensaba Arrete y eso era lo que, desde ahora y para siempre, asume Juan Lastra como parte del catecismo.

¡Paco es grande! Y fíjate qué imponente luce ahí, sobre el escenario que le han montado en pleno corazón de la maravillosa tierra gallega. Qué imponente va a quedar este mitin de hoy en Santiago, el más importante de todos, el que cierra la campaña… Pero escuchemos ya a Paco, por favor.

Baira apenas varía el tono de su discurso. Despacha muy rápido los grandes mensajes de creación de empleo y riqueza, y vuelve a hablar de su pasado como hijo de un hombre de los astilleros, de la alegría que siente ahora su padre, ya jubilado, al conducir por autovías que rompen el aislamiento, que enlazan una ría con otra. Canta Baira también a la esperanza que surge de todas esas empresas pequeñitas pero matonas, revolucionarias, que están creando los chavales licenciados en las muy prestigiosas facultades técnicas gallegas.

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“Operarios”, de Tarsila do Amaral.

Baira no habla de la gran nación gallega, sino de “una tierra que hace nada aún se desconocía a sí misma”, una aldea de casi tres millones de habitantes que acoge en silencio, con un orgullo del que nunca se hace pregón, no sólo a los públicos triunfadores como él, sino a otros vencedores anónimos: los pescadores y mariscadores que domesticaron el mar, y por supuesto los hombres y mujeres de ciudad que sobrevivieron a la reconversión industrial, sin renunciar nunca a la ambición de que sus hijos llegaran a la universidad.

A todas luces, en la capital de este Reino Humilde pero Luminoso, sobre este escenario montado en el viejo recinto ferial de ganado, Baira está encantándose a sí mismo, gozando como un loco con su propia representación. Quién sabe si en algún momento, arrebatado por el calor de su oratoria, el hombre no llega a sentirse hermano, gemelo incluso, del divino Breogán. Y quién sabe si es el mítico Dios galaico, o un vulgar diablo con rabos y cuernos, lo que hace aparecer en labios de Baira el fósforo llameante, la cerilla encendida con la que prende fuego a su discurso:

“Un pueblo de emigrantes, como lo fue y es el nuestro, es un pueblo que lleva escrito en sus genes la incapacidad de renunciar a la esperanza –susurra Baira, bajando la voz-. Sí, aquí veneramos a los luchadores. Y por eso os digo que tienen razón los del Partido Liberal: defiendo y haré homenaje, siempre, a todos aquellos, sean pocos o muchos, que consiguieron salir de la droga. Y sí, tienen razón: me codeo con ex toxicómanos. Me codeo con ellos porque en mi familia hay alguien que sobrevivió a la droga. La padeció y sobrevivió. Como tantas, mi familia acoge a un superviviente. Porque hay supervivientes. ¿Acaso alguien duda de que ésta es una tierra de supervivientes? “

Baira se atropella a sí mismo en velocidad y tono para dejar sobre el auditorio una llamada final: “¡Id a votar el domingo y demostrad quienes sois!”

La enfervorizada multitud que suele convertir los mítines en una misa laica, en un acto de adoración a un infalible Papa, duda un poco. A decir verdad, tarda algo más de lo debido en dejarse arrebatar. Pero, al final, los hombres y mujeres allí congregados se entregan a la comunión de formar parte de un grupo imbatible, de un ejército dispuesto a velar por la justicia y la prosperidad. Algún trasgo travieso, de esos que los ilustradores infantiles pintan con pecas y orejas picudas, quizá apuntaría a que los aplausos no suenan del todo sinceros, que hay algo de sobreactuación en tanta palma sonora pero ligeramente desacompasada… No obstante, ¿por qué razón habríamos de hacer caso a los duendecillos malvados?

¿Cómo no habían de amar los asistentes al mitin, y también la gente en sus casas, la corriente de fe y confianza que navega entre ellos y este orador de facciones perfectas?

Al Presidente de España, José Arrete, le cuesta casi cinco minutos de reloj acallar la felicidad de los militantes y simpatizantes del PSD que se agolpan, aplauden y patean, en un intento de comunicarse con el orador. Cuando por fin Arrete consigue silencio, lo hace durar, lo estira todo lo que puede hasta convertirlo en una pista de hielo sobre la que desliza cuatro únicas frases:

“¿Qué se espera de la política?

Un porvenir.

¿Es un porvenir lo que buscáis?

Pues aquí lo tenéis: se llama Paco Baira.”

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Extracto de mi novela Es pecado tirar el amor, una humorística ficción de comunicación política, escrita en clave de novela rosa. Si te interesa publicarla, contacta conmigo en maescla@hotmail.esEs_pecado_tirar_el_a_Cover_for_Kindle OK


 

 

Acerca de Esclavitud Rodríguez Barcia

Periodista y escritora, autora de las novelas "Un rumor que no se va" y "Nunca más tu sombra junto a mi". Ha trabajado como consejera técnica en la Secretaría de Estado de Comunicación (España) y formó parte del equipo fundador de Inversor Ediciones. Redactora en prensa económica y creatividad publicitaria. Nació en Vigo en 1961. Es Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y Máster en Comunidades Europeas por la Escuela Diplomática de Madrid.
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