Palabras que pican

"Cíes", de Urbano Lugrís

«Cíes», de Urbano Lugrís

“Las gaviotas del terror”, clama el titular de un reportaje sobre la agresividad que estas ratas marinas despliegan en Cornualles. Hace ya días que esas palabras –“¡las gaviotas del terror!»- no se me van de la cabeza. Para mí tienen espinas. Forman una alambrada que da cuerpo a algo que me hace vomitar: las expresiones eufemísticas y los vocablos amorfos, rebozados en la salsa aguada de lo políticamente correcto.

Estoy harta de tanto abuso de ese lenguaje que funciona igual que un mar de los sargazos. Ahí no hay quien vea nada. Fuera algas, por favor. Devolvamos la transparencia y la rugosidad a las palabras. Que tengan aristas, ¿vale? ¡Que signifiquen y griten, en lugar de lavarlas en lejía y envolverlas en tanto algodón que acabamos por no entender lo que quieren decir!

Yo vivo parte del año en la Ría de Vigo, situada unos cuantos centenares de kilómetros más abajo de Cornualles. Mi ría es un lugar de extraordinaria belleza y alberga una desbordante riqueza marina. Y yo sé muy bien que gran parte de tan valioso tesoro depende de las gaviotas. En las Islas Cíes está la mayor colonia mundial de esa ave que se parece a las lindas palomitas de tierra adentro. Sin embargo,  para mí y  para muchos otros vigueses, el níveo pájaro que habita nuestro paraíso se nos convierte, casi todos los días, en un odioso pajarraco.

No retiro lo de pa-ja-rra-co. Al contrario: me regodeo en el ruidoso run-run de tanta erre y vocal fuerte.

¡Pajarraco!

Tengo derecho a llamar pajarraco a un bicho que usa el pico para retirar  la toalla con la que yo cubro mi mochila; un bicho que infectó con fiebres espantosas al hijo de una amiga (el niño mordió el pan que a su vez había picoteado una gaviota); un bicho al que este verano yo vi lanzarse en picado, ¡y en bandada!, sobre una chiquilla a la que se le ocurrió abrir una bolsa de gusanitos en el paraje virginal, paradisíaco, de la Playa de Rodas… Puñados de arena y zapatillazos, lanzados por mi tribu de hijos y sobrinos, ahuyentaron a los buitres del mar y alertaron a la familia de la nena que echaba miguitas de chucherías a los pajaritos. A los turistas, en el barco que nos llevaba a las islas, sólo se les había comunicado aquello de “está prohibido dar de comer a los animales”. Pero más hubiera valido dejarse de zarandajas y exponer –muy en crudo- la realidad nuestra de cada día:  las gaviotas son animales agresivos en la época de cría (primavera y verano, naturalmente),  y además se han acostumbrado a servirse de la comida fácil que les aporta la presencia de tanto humano.

“Protejan a sus niños. Echar comida a las gaviotas es peligroso. No alienten su agresividad”. Eso es lo que querría oír el verano que viene en el catamarán en el que tanto me gusta embarcar para disfrutar de una de las playas más hermosas del planeta (la mejor del mundo, según The Guardian).

En Vigo, nuestra forma de proteger a las gaviotas consiste en entender su comportamiento y defenderse de él. Si no lo hiciéramos así, cuando se posan en las terrazas de nuestras casas y se abalanzan sobre nosotros probablemente tendríamos que dejar rienda libre al instinto de soltarles un escopetazo. Nosotros sufrimos todos los días las gaivoteiradas y raro es que nos pille desprevenidos. Pero, ¿y la gente de fuera?

Para entender algo, primero alguien tiene que hablarnos claro.

Valga este cuento de las gaviotas para recordar lo que todos sabemos (con la obvia excepción de los pajarracos de la política): con eufemismos no se entiende la gente.

 

 

Acerca de Esclavitud Rodríguez Barcia

Periodista y escritora, autora de las novelas "Un rumor que no se va" y "Nunca más tu sombra junto a mi". Ha trabajado como consejera técnica en la Secretaría de Estado de Comunicación (España) y formó parte del equipo fundador de Inversor Ediciones. Redactora en prensa económica y creatividad publicitaria. Nació en Vigo en 1961. Es Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y Máster en Comunidades Europeas por la Escuela Diplomática de Madrid.
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