Astucias para escribir bien

"El grito..." de Edvard Munch en versión de Antonio de Felipe. Imagen procedente del blog www.gallinaypico.wordpress

“El grito…” de Edvard Munch en versión de Antonio de Felipe.

Escondan por un rato los manuales de redacción. Son malas imitaciones de la literatura. Mejor hagamos de hoy un día relajante y, a la vez, productivo. Dejémonos de comunicologías y vayámonos de paseo con los que en verdad saben de esto: novelistas y poetas.

Empecemos por seguir a César Vallejo. El peruano versificó así el problema que a casi todos nos abruma cuando tenemos que escribir algo:

“Quiero escribir, pero me sale espuma

Quiero decir muchísimo y me atollo

  Quiero laurearme, pero me encebollo”

¿Les resulta familiar ese “me encebollo”? A mí sí, y eso que práctica no me falta, puesto  que me paso el día entero junta que te junta letras y vocablos. Seguramente por eso me gusta terminar la jornada limpiando mi cabeza de basurillas y leyendo a los maestros, a la gente que me susurra al oído en qué me he equivocado por la mañana, y al mediodía, y también por la tarde, mientras zurcía con mi mejor voluntad los textos que me dan de comer.

Fruto de mis incursiones nocturnas en la literatura, he tejido este decálogo de pequeñas astucias para escribir bien. No son normas de redacción, sino truquillos o atajos que los genios del oficio de escribir han ido sembrando en sus textos, con el fin de ayudar al gremio de acongojados escribidores.

 1. Empiece a escribir imitando el habla. Lo dice Norman Mailer en “Un arte espectral”. Mailer se convirtió en uno de los grandes escritores del siglo XX gracias a que Harvard le obligó a estudiar inglés, como a todos los alumnos que ingresaban en esa universidad con una formación deficiente en lengua:

“Escribir es una extensión del habla, nos dijeron. Así que nos dieron instrucciones de escribir con algo de la soltura con la que podíamos hablar, y esa es una buena regla para principiantes. Con el tiempo puede ser absorbida, dada por hecho y, por último, desobedecida. “

2. Los buenos textos incluyen áreas de recreo. Lo dice el maestro de periodistas  Ryszard Kapuscinski en “Lapidariun IV”:

“Una prosa excesivamente condensada cansa y aburre. Ningún cerebro está preparado para permanecer todo el tiempo en las cimas. Toda buena prosa exige momentos de escritura más flojos; incluso necesita un poco de kitsch para que el lector pueda relajarse, descansar, aflojar la concentración y pasear durante un rato por una superficie lisa y suave.”

3. Las frases largas dan vida a las frases cortas. Escribir apoyándose sólo en oraciones breves conduce, casi siempre, a redactar soporíferas letanías. John Steinbeck y este párrafo de “Las uvas de la ira” nos enseñan cómo introducir frases-bisagra (las he subrayado) entre las intensas frases-fogonazo que otorgan a un texto alma de  látigo:

“Los hombres acuclillados levantaban los ojos intentando comprender. ¿No podemos quedarnos? Quizá el año próximo sea un buen año. Dios sabe cuánto algodón habrá el año que viene. Y con todas las guerras, Dios sabe qué precio alcanzará el algodón. ¿No fabrican explosivos con el algodón? ¿No hacen uniformes? Con las guerras suficientes, el algodón irá por las nubes. El año próximo, tal vez. Miraban hacia arriba, interrogantes.”

4.  Si no oímos la música, recomencemos.  Los buenos textos suenan bien; están llenos de ritmo. De la música del texto viene en gran parte su capacidad de dejar huella en nosotros, de ser memorable. Hay muchas formas de crear música: repitiendo esquemas sintácticos o alternando no sólo frases largas y cortas, sino también palabras polisílabas y otras más breves. Pero como aquí estamos reproduciendo ejemplos sublimes, déjenme que copie esta estrofa de Benedetti cuya melodía viene de la aliteración, de una calculada presencia de las tres vocales fuertes de nuestro idioma:

“El mar es un azar

Qué tentación

echar una botella al mar”

5. Busquemos palabras crujientes, recién cocidas. La escritura eficaz es la que contiene emoción. Pero, cuidado, porque la emoción es una materia vulnerable, muy fácil de pervertir. La emoción puede derivar fácilmente hacia lo rancio y cursi, el lugar común, el tópico. ¿Cómo reconocer el olor a podrido? Que nos sirva de ayuda esté párrafo que Ayn Rand compuso para “El manantial”:

            “Las frases eran como goma ya mascada, mascada y vuelta a mascar, arrojada y recogida nuevamente; pasando de boca en boca, del empedrado a la suela del zapato y de ésta a la boca y el cerebro.”

6. Pregúntese en compañía de quién viajan sus palabras. Una palabra nunca es absoluta. La escritura es una ciencia sometida a las leyes de la relatividad. Todo es contextual. Todo depende de todo. Juan Gelman nos lo recuerda en una de las muchas entrevistas que concedió a raíz de su Premio Cervantes:

             “El problema no es la palabra, sino el tono, el conjunto del que forma parte, a dónde va esa palabra, en compañía de quién”.

7. Disponemos de un instante entre dos bostezos. Escribir bien significa captar la atención del lector en el plazo más breve posible. Lo subraya Amin Maloouf en “El primer siglo después de Béatrice”, una bellísima novela que parte del pretexto de la demografía para hablar  sobre el gozo de la paternidad, un tema que a muchos varones todavía les sigue pareciendo tabú.

“Hay que imaginarse a la opinión pública como un personaje que está dormido. De cuando en cuando se despierta sobresaltado y tú tienes que aprovechar la ocasión para susurrarle una idea. La más simple, la más concisa, porque enseguida se estira, se da la vuelta, bosteza y se dispone a dormirse de nuevo.”

8. Sin naturalidad no hay crédito.  Ni crédito ni autoridad. Ser naturales, ser nosotros mismos, es esencial para que nuestro mensaje cale en los demás. Lo explica Fernando Pessoa:

“Y que al leer mis versos piensen

que soy algo natural:

por ejemplo, el árbol antiguo

a cuya sombra

cuando eran niños,

se sentaban de golpe, cansados de jugar (…)”

9. Aceptar las correcciones. Hay que huir de la actitud que  Edmond Rostand versificó en “Cyrano de Bergerac”:

“Me entra auténtica grima

de pensar que alguien

pueda corregirme una rima”.

10. Resignación, si uno no alcanza la excelencia. Al fin y al cabo, también ellos, los maestros del solitario oficio de escribir, se sienten muchas veces desolados al cabo del día. José Emilio Pacheco nos los cuenta en el poema “Desorden de los factores”:

“Todo me sale al revés a pesar de mis buenas intenciones. La noche que me invade no sabe que es noche. La vida se me acaba sin entender de qué se trata. El mundo insiste en ser como es, no como yo quisiera. El desorden de los factores divide la multiplicación y suma una resta divisoria.”

. Estos textos, y otros similares, puede encontrarlos en Cómo escribir de economía y finanzas…¡en español!

 

Acerca de Esclavitud Rodríguez Barcia

Periodista y escritora, autora de las novelas "Un rumor que no se va" y "Nunca más tu sombra junto a mi". Ha trabajado como consejera técnica en la Secretaría de Estado de Comunicación (España) y formó parte del equipo fundador de Inversor Ediciones. Redactora en prensa económica y creatividad publicitaria. Nació en Vigo en 1961. Es Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y Máster en Comunidades Europeas por la Escuela Diplomática de Madrid.
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