“Patria”, la palabra que da miedo

Hay palabras que dan miedo. “Patria” es una de ellas. A la palabra “patria” la hemos hecho absolutista. Como si sólo se pudiera tener una patria, y no varias patrias, ocupando cada una su hueco en nuestro elástico corazón.

"Bandera", de Rogelio López-Cuenca

“Bandera”, de Rogelio López-Cuenca.

“Patria” es una palabra tan maleada y violada que algunos políticos le tienen ojeriza, como si fuera un virus. Pero no está el mal en la palabra misma, sino en la cobardía de quienes se dejan robar las palabras que son de todos.  Eso decía hace unos años el lingüista George Lakoff, cuando vino a España a recordarle al PSOE y a la izquierda del PSOE que las palabras son la carne y la sangre de las ideas, y que dejarse robar los vocablos es tanto como dejarse robar el pensamiento.

Yo estoy cansada de que intenten quitarme la palabra “patria”.  De que intenten quitármela todos: los de la derecha porque la soban como si fuera suya sola; los de la izquierda porque la miran con repelús. Estoy cansada de que haya por ahí tanto intelectual dando por sentado que yo soy tonta y que, ergo,  me voy a creer que mi patria es ese trapo – cuanto más grande mejor– bajo el que las autoridades se refugian solemnes para decretar esto y lo otro y lo de más allá, y hasta para enjuagarse los ojos sucios dejando correr unas cuantas lagrimitas.

La bandera es un símbolo, pero no la esencia de mi patria. La patria es el suelo que cuido y los sentimientos que cultivo. Mi patria es el orgullo de ver cómo la policía hace su trabajo aunque los de arriba, por aquello de que el dinero se lo ha llevado la corrupción, nieguen los chalecos antibalas. Mi patria es también este orgullo de ver cómo mis hijas honran los impuestos que hemos invertido todos en su educación. Y mi patria, por supuesto, es esta emoción de comprobar que la médica del ambulatorio -ya mayor- conserva un impulso de caridad juvenil, una bonhomía que la inclina a dedicar media hora larga a quien necesita, más que medicinas, un poco de conversación.

El color de la bandera de mi patria varía mucho. Depende. Depende de cómo se sienta la gente y de si han tenido tiempo o ganas de tomar un poco el sol. Depende de las estaciones y las lluvias y las solanas, porque la bandera de mi patria es del color de la gente. Y la tela que le da cuerpo es la risa de la gente. La gente que se mira a los ojos, descojonada, cuando las autoridades se ponen firmes debajo de esas sábanas enormes, colgadas de un palo,  que ondean hacia dónde sople el viento.

En mi patria todo depende. Nada es inmutable, y lo negro puede ser blanco según desde donde se mire. Mi patria es blanda y vegetal. El cemento armado no va con ella. Yo siento que mi patria está hecha de capas, como las cebollas: en la primera capa está Galicia; en la segunda, España; en la tercera, Europa, donde mis hijas se mezclan con los hijos de otras patrias; en la cuarta, la patria aún desconocida de los nietos que pronto tendré; en la quinta, Venezuela y Cuba, los países en los que anidan primos lejanos, hijos de la emigración; la sexta, el Planeta. Tantas patrias tengo que hasta podría nombrar como tal al Sistema Solar, si algún día los Klingon, los malvados de la saga StarTrek,  descendieran de los cielos y se les ocurriera venir aquí a plantar su bandera de intolerancia y crueldad. De todos modos, confieso que la patria irrenunciable, la que de verdad me duele en lo más hondo, es la modesta cocina en la que vi envejecer a mis padres. Pero supongo que también esa es una patria común, compartida por todos.

Yo no le tengo miedo a la patria vegetal y blanda, hecha de riesgo e incertidumbres. Los poetas me enseñaron a no temer a las patrias. La patria es “esta urgencia de decir nosotros”, me arenga Mario Benedetti. La patria es “el unánime corazón de los hombres, que palpita extendido”, me recuerda Vicente Aleixandre. La patria es el sentimiento universal y profundo que el saharaui Liman Boisha expresa así: “Y las manos se trenzan/y los ojos de un niño observan crecidos/ cómo se cultivan las conversaciones adultas”.

¡Patria, patria, patria!

Me gusta la palabra patria. Y no quiero que me la roben. Es tan mía como tuya. No es patrimonio de nadie, sino de todos.

Patria es una palabra que muchos quieren roja de sangre. Y yo también la quiero roja. Roja como el corazón que golpea mis costillas.

Acerca de Esclavitud Rodríguez Barcia

Periodista y escritora, autora de las novelas "Un rumor que no se va" y "Nunca más tu sombra junto a mi". Ha trabajado como consejera técnica en la Secretaría de Estado de Comunicación (España) y formó parte del equipo fundador de Inversor Ediciones. Redactora en prensa económica y creatividad publicitaria. Nació en Vigo en 1961. Es Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y Máster en Comunidades Europeas por la Escuela Diplomática de Madrid.
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