Lenin y el naufragio que se metió conmigo

"The trouble with time", de Mike Worrall.

«The trouble with time», de Mike Worrall.

Lenin afirmó que, si no te interesa la política, si no te metes en ella, la política se meterá contigo y te fastidiará la vida. ¿Te suena esa frase? Seguramente sí, porque los partidos políticos la agitan de vez en cuando para recordarnos nuestro deber de ir a las urnas. Pero claro que uno,  atento como está a las tareas y las minucias de cada día, suele escucharla como quien oye llover, con la misma abulia con la que suelen recibirse los parlamentos y los eslóganes, a menudo tan vacuos, de esos señores que se autoproclaman líderes y ocupan y no paran la portada de los telediarios.

Hasta hace una docena de años, a mí la política me parecía una cosa menor de mi vida,  una anécdota al margen de mis verdaderos intereses. La sentía frívola -un vodevil de actores sobreactuados-  hasta que de verdad se metió conmigo. O con mi mar, que viene a ser lo mismo. Ocurrió en noviembre de 2002, cuando el petrolero Prestige reventó. Justo el día en que mi hija pequeña cumplía 5 años, el buque se partió como un bizcocho, mismamente como la tarta no muy perfecta que yo horneaba esa mañana para mi niña. Y todo  porque unos gobernantes ineptos mandaron al viejo barco a pelear contra un océano lleno de furia. El resultado fue que las rías de Galicia se llenaron de luto. O sea, de viscoso petróleo negro. Y yo soy gallega. Galicia es mi hogar, el lugar al que siempre vuelvo.

La política se coló en mi casa, ¿comprendes? ¿Cómo no me iba a sentir herida al ver aquel veneno ennegreciéndolo todo, matándolo todo, arruinando el paisaje y las aguas que dan de comer a mis hermanos y mis primos? ¿Quién era nadie -ni siquiera un ministro- para quitarle importancia a lo que yo sentía y, sobre todo, a lo que yo veía? Lo que a mí me entraba por los ojos no era sólo el luto del mar, sino la resistencia feroz de los pescadores y mariscadores contra el desastre. Lo que yo comprobaba todos los días era el coraje que mostraban los hombres para ignorar las bobadas verbales del Gobierno, saltar por encima de ellas y meter las manos en el fango negro que nos estaba quitando la vida.

Mientras el Gobierno farfullaba, la gente limpiaba el mar. Con cubos de fregar, con la versión gigante del ganapán que mis chiquillas usaban para pescar cangrejos, ¡incluso con las manos desnudas!, mis paisanos -y los voluntarios de España y Europa entera- se dedicaban a devolverle la respiración al Padre Nuestro, Señor Océano.

El contraste entre las palabras de algunos pseudo-políticos y los políticos de verdad (los que se remangan cuando a la gente le crece barro en el alma) me convirtió si no en leninista, sí en fan de la famosa frase de Lenin. Por fin la oía esplendorosa, con todo su significado, y no como quien siente llover. En 2002 la política se metió conmigo, con mi familia, con los amigos de mi familia, con el agua de la que que estoy hecha. Me atacó. Y lo más tremendo fue que lo hizo con desprecio  descarado. Con prepotencia ostentosa. Con lacerante intención de humillarme y quitarme de en medio dándome unas paternales palmaditas en la espaldita, que eso no es nada, filliña, ¿no te das cuenta? Unos hilillos de plastilina de nada, parva, parrula mía, que la mar se lo traga todo…

"El naufragio", de Goya.

«El naufragio», de Goya.

Impresiona recordar cómo un señor de Pontevedra, Mariano Rajoy, apoyó la barbaridad esa de que la mar se lo traga todo… Me parecía increíble que el caballero aquel, tan hijo de Breogán como yo,  que entonces era ministro Portavoz del Gobierno del PP, y luego fue Presidente de España, tuviera las narices de aparentar que ignoraba lo que  ningún gallego ignora: que el mar es vengativo, que en verdad es una garganta profunda que se lo traga todo, pero que también todo lo devuelve… ¡siempre! Siempre, aunque no sepamos en qué marea.

¿Iba a ser yo la única en quedarme quieta, paralizada de asco, mientras me molían a palos y encima se reían de mí? Es difícil permanecer inmóvil mientras los demás sudan sangre. Así que pasé a la acción esgrimiendo un teclado de ordenador (la única herramienta que sé usar)  y me defendí de la política no afiliándome a un partido, sino colaborando con gente de un partido. Escribí y escribí, hasta que un día me encontré agazapada en un despachito, redactando cosas para las personas que habían conquistado el Gobierno en las elecciones que sucedieron al desastre del Prestige y a las mentiras que rodearon el 11-M. En la Secretaría de Estado de Comunicación, en un cuarto minúsculo pero dotado de vistas a un idílico y por lo mismo inspirador jardín, estuve dos años escribiendo la literatura habitual de los políticos que llevan poco tiempo en el poder: cosas bonitas, llenas de esperanza, basadas en el estrecho lazo del líder con el corazón de los ciudadanos. Tuve suerte de poder dedicarme a esos tiernos juegos florales (la lírica es lo mío), pero sobre todo de ayudar a explicar en qué consistían algunas de las nuevas leyes sociales que hicieron de España un país más justo. Me alegro de haber estado en aquel despachito sólo durante los tiempos de bonanza; llegados los malos, no sé cómo se me hubiera dado eso de conseguir que parezca dulce lo que es claramente agrio.

Mi paso por la Secretaría de Estado de Comunicación me confirmó, tal como había sospechado en 2002, que la política es la sustancia de la que está hecha nuestra vida, la tuya y la mía. Yo diría incluso que la política es la exageración de la vida, de las conductas tuyas y mías, de las de todos nosotros. Sospecho que los  políticos y asesores ineptos y corruptos lo son a un nivel diabólico, pero también que los líderes y los bedeles y las secretarias y los funcionarios que de verdad creen en el servicio a la Patria (es decir, en el servicio a ti y a mí) tienen unos niveles de paciencia e inteligencia que tanto tú como yo bien quisiéramos para nosotros.

Mucha de la gente que en algún momento de su vida ha pasado por el Palacio de la Moncloa (sede del Gobierno español) echa pestes de lo que allí vivió. Yo también, pero sólo en parte. Aquel vergonzante infierno de vanidades enfrentadas, donde la primera tarea diaria consistía en evitar que alguien te cortara la cabeza, me dejó en herencia una cosa buena: el respeto que desde entonces les tengo a los políticos que lo son de corazón y no de billetera (los hay, los he visto). A esos personajes los admiro pese a que hablen tan mal, y se equivoquen tanto, y abusen de la solemnidad, y de la petulancia, y del machacón y aberrante «y tú más».

Están llenos de contradicciones, los políticos.  Sé que viven de crear falsas expectativas, de santurronerías y gestos de coraje que luego se desinflan cual burbuja. No voy a negar que, al cabo de cuatro años, esa luna que prometen apenas es un globo gris, pinchado y desinflado. Aun así, insisto en mi confesión: yo les tengo ley.  Aunque solo sea porque tienen que resistir fuerzas oscuras. ¿Te imaginas? Bastaría dejarse tentar por un roce, un sobre o favorcillo de nada, para convertirse en monstruo abominables… Pero vamos a ser bien pensados. Vamos a partir de la esperanza, porque con el derrotismo no arreglamos nada. Admitamos que esos señores de traje oscuro y esas señoras de impoluta cabellera poseen, cuando menos, un poderoso instinto de supervivencia. Hay que tenerlo para encaramarse a la tarima y ganarse el derecho a hablar en nombre de un partido, incluso en nombre de los ciudadanos todos. Me gusta pensar que, en caso de guerra o desastre, esa gente que ha sido capaz de llegar hasta un estrado podría ofrecernos una impagable capacidad para resistir la presión. Ellos están ahí muchas veces por enchufe o por pura tradición familiar, pero también porque son tipos duros, inasequibles al desaliento y a las zancadillas que les tienden sus hermanos.

El político que respaldamos en las urnas, ése al que consideramos un mal menor, antes ha tenido que sufrir cientos de fraternales patadas, codazos y empujones. Tú, a lo mejor, no hubieras resistido ni el primer pisotón. Yo seguro que no. Seguro que hubiera hecho mutis por el foro, cual gallina cobarde que soy. Como mucho, y para apagar la mala conciencia de renunciar al honor de servir a la patria, me hubiera propuesto hacer lo que un conocido mío llama sofactivismo: tuitear de vez en cuando un exabrupto cortés contra una reprobable conducta, o escribir una carta santamente indignada al periódico de más circulación.

A mí los callos, si me los pisan, me duelen mucho. Y a susceptible no me gana nadie.           Ergo, yo no podría ser un político. No podría porque cualquier cosa me hace llorar, pero en las ocasiones solemnes se me da por reír. No podría porque jamás tendría la templanza suficiente para replicar punto por punto al señor ése, jefe de la Oposición o del Gobierno, que siempre me busca las cosquillas a base de mezclar medias verdades con medias mentiras. No podría porque jamás resistiría la tensión de frenar a esos íntimos enemigos míos, tan cucos y amables, que enfundan las garras en gracias de amigo.

A mí me apetece creer que los políticos no son tan malvados, lerdos ni torpes como les vemos. Por un momento, ponte  tú en su lugar. Visualízate (como se dice ahora) en el lugar de los políticos, de un político cualquiera o, mejor, de ése que quizá menosprecias. ¿Te has aupado? ¿Ya te ve todo el mundo, incluido tu primo tercero el del pueblo? ¿Ya te has subido al estrado? Da vértigo, ¿verdad? Pues agárrate al atril, que para eso está… ¿Sientes cómo te quema la ambición de los demás? ¿Notas cómo ahí arriba las navajas vuelan y todo el mundo quiere más, más, que hay hambre, y si puedo te calumnio y susurro en los pasillos que te tiras al jefe porque tú no eres de mi secta y, además, en el puesto que no ocupan mis amigos lo que hay es siempre un enemigo?

Lenin dirigiéndose a la multitud, en 1920 (imagen perteneciente a The Granger Collection).

Lenin dirigiéndose a la multitud, en 1920 (imagen perteneciente a The Granger Collection).

Acerca de Esclavitud Rodríguez Barcia

Periodista y escritora, autora de las novelas "Un rumor que no se va" y "Nunca más tu sombra junto a mi". Ha trabajado como consejera técnica en la Secretaría de Estado de Comunicación (España) y formó parte del equipo fundador de Inversor Ediciones. Redactora en prensa económica y creatividad publicitaria. Nació en Vigo en 1961. Es Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y Máster en Comunidades Europeas por la Escuela Diplomática de Madrid.
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