Las cinco palabras de una madre

Ahora que mis hijas andan por la veintena y ya no me regalan una maceta hecha con palillos para el Día de la Madre, me asombra pensar que eso es lo único que ha cambiado con los años. Porque a ellas, a mis niñas, yo sigo repasándolas con la mirada de arriba a abajo cuando salen de casa, como si aún esperara descubrir en su labio superior un inoportuno bigotillo de zumo de naranja.  Y tampoco puedo evitar eso de hablarles… como siempre, con las mismas cinco expresiones con las que las alentaba o regañaba cuando eran bebés.

"Maternidad", por el pintor ecuatoriano Eduardo Kingman.

“Maternidad”, por el pintor ecuatoriano Eduardo Kingman.

“Pronto”, “más tarde”, “algún día”, “no pasa nada”, “¡a que voy y lo encuentro!”. Esas son mis palabras.  Supongo que las tuyas también. Son palabras rituales, casi de hada, aunque ellos -los niños- las sientan más bien como de bruja. Esas cinco son las palabras que todas las madres del mundo usamos para marcar límites de conducta (“pronto” y “más tarde” condenan el “enseguida” que querrían nuestros hijos), y también para sembrar la esperanza de que en esta existencia nuestra no todo es caos y desastre y un agobio que te mueres (porque “no pasa nada”, ¿eh, cariño? No pasa nada y “algún día” saldrá el sol. Después de la tormenta siempre llega el sol).

Mi propia madre -y seguro que también la tuya- aún me repite cada dos por tres cuatro de esas cinco cosas.  “Tú tranquila, que pronto encontrarás otra vez un buen trabajo”. Y también, “más tarde, cuando tus hijas sean mayores, ya verás como vuelven a hacerte caso”. Mi mami es así: un amor. De verdad que se me saltan las lágrimas cuando me suelta un contundente“no pasa nada”, y un melancólico “algún día” me echarás de menos, después de llevar veinte minutos al teléfono aguantando todo el cuento de lo jodida que es mi vida.

Mi madre es una santa, como todas las madres.  Pero yo no sé si tú sospechas lo mismo que yo: que cuando se trata de sus nietos, las supuestas santas tienden a mudar a diablas. Como si estuvieran dispuestas a lo que fuera con tal de negarnos a nosotras, sus hijas, el estatus ese que tanto nos merecemos: el de mamás estupendas, supercool, eficientes de la muerte. “¡Madre como yo sólo hay una!”, parece que nos gritan en toda la cara. Y encima van las nenas, nuestras hijas, y las jalean y achuchan, como si fueran ellas las heroínas y no nosotras. Lo digo porque nunca he visto a mis hijas más rencorosamente risueñas que el verano pasado, cuando mi madre encontró mi bikini azul entre la maraña de ropa que yo tenía sin planchar. Se partían de risa las tres, la abuelita loba y sus dos ovejitas.  Menuda juerga llevaban desde que, momentos antes de aparecer el bikini, mi mami del alma me había apartado de en medio con un codazo y la quinta de mis palabritas preferidas: “A ver, pánfila, déjame a mí, ¡a que voy y encuentro el bikini!”

La maternidad, en una interpretación de María Lezón (www.marialezon.com)

La maternidad, en una interpretación de María Lezón

Acerca de Esclavitud Rodríguez Barcia

Periodista y escritora, autora de las novelas "Un rumor que no se va" y "Nunca más tu sombra junto a mi". Ha trabajado como consejera técnica en la Secretaría de Estado de Comunicación (España) y formó parte del equipo fundador de Inversor Ediciones. Redactora en prensa económica y creatividad publicitaria. Nació en Vigo en 1961. Es Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y Máster en Comunidades Europeas por la Escuela Diplomática de Madrid.
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