El latido oculto del 15-M

El 15-M concita toda la admiración y, a la vez, todo el desprecio. Lógico. Eso ocurre siempre que las personas o los acontecimientos se transforman en mito. Un mito es a la vez un dios y un demonio. Como Maradona, o como el Che Guevara y Eva Perón, tal como nos recuerda Juan José Sebreli en Comediantes y mártires. A un mito se le atribuye la capacidad de hacer lo mejor y también lo peor. Un mito es pura emotividad, una imagen irreal, un lienzo sobre el que proyectar los sueños.

"Plaza on Sunday", de Phil Dike.

“Plaza on Sunday”, de Phil Dike.

¿Y la realidad? Dónde queda la realidad cuando Podemos (el movimiento político surgido del espíritu del 15-M) se encamina hacia su perdición, o al menos hacia lo que considera perdición Juan Carlos Monedero. “La moderación desarmaría a Podemos”, sentencia el profe universitario de las redondas gafitas, tan aficionado a  fotografiarse siempre en posturas a lo Jean Paul Sartre. ¿Os acordáis de que a Sartre le concedieron el Nobel de Literatura en 1964? Se lo daban pero él no lo quiso. Ese galardón era demasiado burgués. Lo rechazó porque, tal y como explicó en una carta enviada a la academia sueca, los lazos entre el hombre y la cultura deben desarrollarse con total libertad, sin que intervengan las instituciones. Y a mí me da por suponer que la moderación que horroriza al profesor Monedero tiene algo que ver con la misma alergia a las instituciones que tanto padeció el eximio filósofo y novelista francés.

Yo no soy profesora ni filósofa, sino escribidora y ciudadana, una señora ya mayorcita que un día como hoy, hace cuatro años, se acercó con su marido a la Puerta del Sol de Madrid, donde estaban acampados los de las rastas en el pelo y la ropa de colorines. Nos caían bien aquellos chicos que soñaban con una revolución pacífica. Al fin y al cabo, nosotros también habíamos tenido nuestra revolución. Porque revolución fue la explosión de esperanza que nosotros mismos, cuando jóvenes, habíamos montado en torno al mitin de Felipe y Guerra en la Complutense. ¡Qué bien lo pasamos! Y ahora allí, en la Puerta del Sol, estaban nuestros vástagos y los amigos de nuestros vástagos, esos niños que ya nacieron europeos y con una flor en el culo,  hijos de una vida ya resuelta avant la lettre, entre otras cosas porque ellos nunca tendrían que soportar la presión de ser los primeros de su familia en llegar a a la universidad. Ya la habíamos padecido nosotros por ellos. Allí estaban ellos y también nosotros, un poco asustados (nunca hemos dejado de pensar que la sombra de la represión es alargada)  pero al mismo tiempo mirando emocionados cómo renacía el  “hervor de la plaza”, que diría Vicente Aleixandre.

Hace cuatro años, en la Puerta del Sol de Madrid, sentí que tenía ganas, como el poeta que más me gusta, de “olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo”, ganas de “un gran viento que sobre las cabezas” pasara su mano, “su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba”.

La revolución es eso que yo sentía en la Puerta del Sol: una emoción, pura ilusión. La revolución es fe en los otros, y eso basta -al menos durante unos instantes- para creer que el cambio del mundo es inmediato. Me gustó disfrutar de la revolución. Y sólo fue después, en los días que siguieron, cuando me acordé de que mi propia revolución -la del mitin de Felipe y Guerra- no había sido el final de nada, sino el comienzo de una extraordinaria evolución, del portentoso viaje que condujo a España a ser un país de gente educada, consciente de sus derechos.

Mural de Diego Rivera

Mural de Diego Rivera.

La revolución, igual que el 15-M, es un mito. Un mito traicionero, como todos los mitos. Un mito en el que se diluye el verdadero sentido del hervor que hubo en la plaza. Por eso os propongo que nos agarremos a las palabras literales, sin interpretaciones personales o interesadas, de los pensadores que prendieron la llama del 15-M:

Stéphane Hessel. La democracia es el objetivo, pero ha de ser también el medio. “Si queréis combatir los problemas, si queréis que las cosas cambien, en las democracias institucionales en las que vivimos el trabajo debe hacerse con la ayuda de los partidos. Incluso con sus defectos, con sus imperfecciones, con sus insuficiencias. Cada cual debe buscar el partido más próximo a sus preocupaciones, el más dispuesto a apoyar sus reivindicaciones, y adherirse. No hay que engañarse. Nunca hallaréis ninguno, ni uno solo, que esté al cien por cien en vuestra misma línea. Pero así son las cosas, eso forma parte del juego. ¿Encontráis que no tienen suficiente vigor?, ¿que no son los suficientemente agresivos? No olvidéis que sois vosotros quienes podéis insuflarles ese vigor y esa agresividad”. ( Extracto de No os rindáis. Con España en la trinchera, por la libertad y el progreso, editado por Destino, páginas 31 y 32).

José Luis Sampedro. Hay que eliminar las trampas del lenguaje dominante. ”Procuro desmitificar el lenguaje oficial, descoyuntando las palabras académicas de su entorno tradicional para que, engarzadas de otro modo, las aristas de su cristal despidan otros reflejos y provoquen reflexiones diferentes. El lenguaje científico, como el corriente, es decisivo para modelar el pensamiento y por él comienza nuestra colonización mental.Distinguir, por ejemplo, entre consumidores, empresas y gobierno como actores de la vida económica es ya una trampa descomunal: equipara al pequeño empresario al mastodonte productor cuando en realidad el primero tiene mucho más de artesano consumidor, mientras que el segundo cae muchas veces en la esfera del gobierno sobre el que influye, cuando no participa en él”. (De Economía humanista, Debolsillo, Segunda edición, página 388).

A Hessel y a José Luis Sampedro los hemos sobado tanto, en todas partes, que es una alegría tropezar con la frescura de las palabras no atribuidas a ellos, sino escritas por ellos. Uno y otro tenían claro que la política, como cualquier interacción social, es puro teatro; y también que no tiene nada que ver con la magia de lo inmediato. En las palabras que nos legaron, uno y otro pensador dejan claro que los problemas sociales sólo podrán resolverse con el paciente y a veces oculto trabajo de cada uno de nosotros, seres políticos que jamás podremos  prescindir -ni en nuestra vida privada ni en la laboral- de las impurezas de la negociación, del sucio sudor del esfuerzo y el repliegue, si en un momento dado el repliegue es necesario para coger impulso y avanzar y cosechar la milagrosa victoria de un consenso.

Cuando oigo hablar de la urgencia de matar la política, me acuerdo de los dos viejitos sabios. De Hessel y de Sampedro. Y también de otro caballero fallecido, John Kenneth Galbraith, al que la gente de izquierdas no ha elevado a categoría de mito, al igual que han hecho con Hessel y Sampedro. Y no entiendo muy bien por qué, porque a mí así, a bote pronto, no se me ocurre nada más libertario que sostener que la recesión económica puede ser una etapa duradera. Esa sí que es una idea subversiva. En Un viaje por la economía de nuestro tiempo (Ariel Economía, Biblioteca Galbraith, página 236), Galbraith recuerda  que Keynes sugirió que la economía moderna “podría perfectamente alcanzar un equilibrio de subempleo y de bajo rendimiento. Este era el hecho palpable de la Gran Depresión”. Sin embargo, “la norma económica aceptada es la de un elevado empleo y una tasa rentable de crecimiento económico. Hablar de cualquier otra tendencia es atrozmente pesimista. Quizá sea también económicamente perjudicial. Los políticos e incluso los académicos deben mostrar confianza, ya que la economía debe ser vista de una forma optimista por parte de todas las personas responsables. El pesimismo económico (…) es algo inocentemente subversivo”.

Mujer de la guerra". Obra realizada en 1934 por Aurora Reyes, la primera muralista mexicana.

“Mujer de la guerra”. Obra realizada en 1934 por Aurora Reyes, la primera muralista mexicana.

Decía el teólogo Enrique Miret Magdalena que él creía no en una religión de tristes gruñones, sino de ayuda mutua. Pues lo mismo me pasa a mí con la política. Creo en la política de los utopianos. Sí, hablo de los habitantes de Utopía, la república ideal que Tomas Moro ideó en el siglo XVI. Utopía es ese país que nunca tendré, pero al que tengo derecho a aspirar:

“Los utopianos viven juntos amorosamente. Ninguno de sus magistrados es insolente y vano ni infunde temor (…) Tienen pocas leyes, aunque para un pueblo tan instruido y de tales instituciones, con pocas basta. Lo que más censuran a otros países es que, teniendo innumerables libros de leyes, todavía no tengan suficientes leyes” (Utopía en la colección Pensamiento Crítico del diario “Público”, página 101)

 

Acerca de Esclavitud Rodríguez Barcia

Periodista y escritora, autora de las novelas "Un rumor que no se va" y "Nunca más tu sombra junto a mi". Ha trabajado como consejera técnica en la Secretaría de Estado de Comunicación (España) y formó parte del equipo fundador de Inversor Ediciones. Redactora en prensa económica y creatividad publicitaria. Nació en Vigo en 1961. Es Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y Máster en Comunidades Europeas por la Escuela Diplomática de Madrid.
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