Qué piensa Richard Ford de la literatura

 

"Lluvia de letras", ilustración de Kyungduk Kim

«Lluvia de letras», ilustración de Kyungduk Kim

Richard Ford, que este octubre recibe el Princesa de Asturias de las Letras, es el creador  de Frank Bascombe, un tipo que ha sido escritor de un solo título,  periodista, comercial de una inmobiliaria y ahora ejerce de jubilado que no renuncia a la manía de observar el mundo.

Francamente, de Frank Bascombe nos fiamos mucho a la hora de cotillear qué piensa el señor Ford acerca de la literatura, las novelas, el supremo atrevimiento de ponerse a escribir.

Nos fiamos porque las fases vitales del personaje Bascombe coinciden con las de Richard, el escritor.

Nos fiamos tanto de Frank que la mayoría de las citas que vais a leer unas líneas más abajo corresponden a su voz. Aunque también hemos echado mano a Wales, el periodista que da cuerpo a un relato de Pecados sin cuento, y a Dell Parsons, el profesor que narra su historia en Canadá.

Frank Bascombe, Wales y Dell Parsons tienen una cosa en común: utilizan muy pocas palabras -sólo las estrictamente necesarias- para desplegar ante nosotros todo el misterio que subyace en el simple hecho de vivir, de atarse los zapatos y salir a la calle desesperados por ser felices y, al mismo tiempo, sospechando que la desgracia nos va a alcanzar en cualquier momento.

Yo no soy crítica literaria, pero sí una devora-libros. Con esa autoridad os digo: no conozco a ningún autor que escriba con tanta pulcritud y ausencia de alharacas como Richard Ford. Por eso me gustaría que leyerais las palabras que he copiado de sus novelas. Enseñan mucho sobre el arte de escribir.

(Todas las citas que leerás a continuación pertenecen a títulos publicados por la Editorial Anagrama en su colección Panorama de Narrativas)

Escribir es permanecer atento

“Estaba pensando en algo, pero la mayoría de las cosas en las que pienso se alejan volando de mi mente y no puedo recordarlas. Ese rasgo de mi carácter convertía mi trabajo literario en algo difícil y a menudo tedioso. O bien me sentaba a escribir todo lo que se me ocurría, o bien lo olvidaba por completo. Eso fue lo que me pasó cuando escribía mi novela. Y al fin me alegré de olvidarlo todo y dejarlo en suspenso. Los auténticos escritores tienen que estar más atentos y a mí no me interesaba estar atento.

De todos modos, no creo que en ningún caso sea buena idea intentar averiguar qué está pensando la gente (esto le descalifica a uno como escritor pues ¿qué es la literatura sino alguien que te dice lo que otro está pensando?)”.

(El periodista deportivo, páginas 86 y 87)

Perniciosas mentiras de la literatura

“Por supuesto, es una mentira de la literatura, una mentira menor pero perniciosa, decir que en momentos como éstos –tras significativas o decepcionantes revelaciones, en idas y venidas importantes, cuando se han apuntado los tantos, registrado los KO, enterrado a los seres queridos y alcanzado los orgasmos-, podemos compartir una emoción, ser conscientes de nosotros mismos y no pensar en otras emociones que también podríamos o preferiríamos sentir. Si la misión de la literatura es contar la verdad de esos momentos, en mi opinión suele fallar y es culpa del escritor, por caer en tales convenciones”.

(El periodista deportivo, página 131)

Qué quiere el escritor

“Algo que refuerce el tejido de la vida, el futuro. Aunque, al final, lo único que pido es participar fugazmente en las vidas de otros, hablar con una voz llana y sincera, no tomarme a mí mismo demasiado en serio, y luego distanciarme. Porque, al fin y al cabo, una cosa es escribir (…) y otra muy distinta vivir la vida”.

(El periodista deportivo, página 225)

De qué escribir

«Aunque, en el fondo, la verdadera razón por la cual me está cortejando Ann (la conozco como sólo puede conocerla un ex marido) es porque quiere sentir el tufillo de lo desconocido (…), procurarse la vibración que le falta en la vida (…) Su hija está empeñada en una búsqueda similar. Quien crea que esta especie de veleidad es inconcebible, que lo piense bien. Tal como solía sermonear a mis pobres estudiantes allá por el año ochenta y tres en el Berkshire College, cuando quería que escribieran sobre algo diferente del acné de su compañero de habitación o qué sentían cuando las luces de la residencia se apagaban y las lechuzas empezaban a ulular: Si se puede expresar, puede ocurrir”.

(Acción de Gracias, pág. 247)

 

Cuándo poner el punto final

“-Me pregunto –dice Eddie, la boca y la frente relajadas por un momento-. Siempre me pregunto. Yo era ingeniero. Me pregunto: cuando escribes un libro, ¿cómo sabes que lo has acabado? ¿Lo sabes de antemano?¿Está siempre tan claro? Eso me desconcierta. Nada de lo que yo he hecho ha tenido un final.

-Los finales siempre me han parecido bastante arbitrarios, Eddie. No se me daban muy bien. No soy el único que lo dice.

Los ojillos de presa de Eddie se mueven despacio hacia mí detrás de sus gafas sucias. Una mirada de aturdida reprobación. Da pena verlo: pelo teñido, mejillas untadas con vaselina, sonrisa de Jolly Roger de una intensidad ya condenada. Aunque todavía es capaz de utilizar el cerebro y sentir reparos.

-¿Quieres decir que parabas cuando te daba la gana?

-No exactamente. Me preguntaba si tenía algo más que decir; si me había expresado plenamente. Si la respuesta era afirmativa, sí, paraba. Desde luego, pero si no, seguía escribiendo”.

(Francamente Frank, páginas 213 y 214)

En la ironía está la libertad

“Había asistido al curso del doctor Sudofsky acerca de Ulises, que le había proporcionado un sentido de la ironía y del humor y la certeza de que el conocimiento verdadero era un proceso espiritual, una búsqueda, no un almacenamiento de áridos hechos, algo muy parecido a la libertad y que se adquiere con la práctica”

(Pecados sin cuento, del relato «Bajo el radar», página 180)

Para qué sirven las novelas

“A Wales le gustaban las novelas porque abordaban lo inconmensurable, las cosas que no podían expresarse de otra manera. Lo que él hacía era todo lo contrario. Se dedicaba a los hechos de más rabiosa actualidad. La envoltura del Reichstag con telas de color rosa. El entierro de una princesa de pacotilla. Una actualidad trucada, y sus propias reacciones a fin de compensar ese defecto.”

(Pecados sin cuento, del relato “Momentos exquisitos”, página 30)

Los libros enseñan a adaptarse y rectificar

“Siempre he aconsejado a mis alumnos pensar en la larga vida del poeta Thomas Hardy. Nacido en 1840, muerto en 1928. Pensar en todo lo que vio, en los cambios que se operaron en su vida en tal período de tiempo (…)

Les enseño libros que a mí se me antojan sobre mi vida de joven: El corazón de las tinieblas, El gran Gatsby, El cielo protector, Las historias de Nick Adams, El alcalde de Casterbridge. Una misión al vacío. Abandono. Una figura posiblemente misteriosa, pero al final no lo es. (Estos libros ya no se enseñan en el instituto en Canadá. Quién sabe por qué.) Mi idea es siempre cruzar una frontera: la adaptación, el paso de una forma de vivir que no funciona a otra que sí funciona. También podría referirse a cruzar una línea y no poder volver jamás.

Y al tiempo que les enseño estos libros les hablo de mi larga vida, si no de los hechos, sí al menos de algunas de las lecciones aprendidas: (…) que no hay que buscar con demasiado denuedo sentidos opuestos u ocultos –ni siquiera en los libros que leen-, sino mirar todo lo de frente que puedan a las cosas que pueden ver a la luz del día. En el proceso de articular para uno mismo las cosas que uno ve, siempre se encontrará sentido y se aprenderá a aceptar el mundo”.

(Canadá, páginas 479 y 480)

be-frank

 

 

Acerca de Esclavitud Rodríguez Barcia

Periodista y escritora, autora de las novelas "Un rumor que no se va" y "Nunca más tu sombra junto a mi". Ha trabajado como consejera técnica en la Secretaría de Estado de Comunicación (España) y formó parte del equipo fundador de Inversor Ediciones. Redactora en prensa económica y creatividad publicitaria. Nació en Vigo en 1961. Es Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y Máster en Comunidades Europeas por la Escuela Diplomática de Madrid.
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