Cuentos de Navidad: El Sanador Solitario

Mural callejero en Salamanca, ciudad de origen de Don Antonio. Pero esa mulitud de vivos que andan detrás del viejecillo somos los vigueses, doctor. Y usted lo sabe, pese a que ponga cara de escéptico y por mucha que se retuerza el mostacho

Mural callejero en Salamanca, ciudad de origen de Don Antonio. Pero esa mulitud de vivos que andan detrás del viejecillo somos los vigueses, doctor. Y usted lo sabe, pese a que ponga cara de escéptico y por mucho que se retuerza el mostacho.

Homenaje al doctor Don Antonio Sierra Calvo, médico, un hombre que guerreó sin tregua, y en solitario, contra la drogadicción que asoló Galicia en los años 80.

Extracto de la novela  “Un rumor que no se va“, dedicada al doctor Sierra.

“En cuanto Juan terminó de subir la escalera que lo llevó a la siesta, Rosa se dirigió a su madre, que ya se había quitado el abrigo y las botas y se había derrumbado sobre la campiña primaveral de su sofá preferido. Esmeralda, también dada a darse etílicos descansos de vez en cuando, pretendió cerrar los ojos a la insistente mirada de la hija, pero no pudo. La niña esperaba, con el chaquetón puesto. Quería atar los cabos de todo aquello que había oído de pequeña, saber  en qué punto de la historia sus padres la habían mandado a jugar, en qué punto habían bajado tanto la voz que la habían hecho inaudible.

-Mamá, sal conmigo. Tenemos que hablar de lo que Teresa me dijo de ti y de papá esta mañana.

-Pero es que me duermo…

-En cuanto te dé el aire te despejas. ¡Vamos, madre!

Sin haberse puesto de acuerdo sobre el destino de su paseo, Esmeralda y Rosa se encaminan hacia la cala de debajo de la casa. Empuña la madre el paraguas grande, por si acaso, y en él se apoya instintivamente para bajar los escalones de piedra, resquebrajados por las poderosas raíces de los tamarindos.

-¿Y esas precauciones de viejecita, mamá?

– Es que ya soy viejecita.

-Tienes una vida larga, sí. Tan larga, y por lo visto tan intensa, que yo no sé nada de ella. O casi nada.

-¿Qué quieres, Rosa?

-Que me cuentes, ya te dije.

-¿Una historia de amor?

-No, mamá. Quiero una historia real. La tuya y la de papá.

-Pues esa, precisamente, es como las de mis novelas…

-Pues será. Pero en tus novelas todo acaba cuando comen perdices. Y yo quiero que me cuentes qué pasa después… Tú no me respetas, mamá. Si me respetaras, yo sabría quién eres.

-Pero hija…

La hija tira de la madre hacia abajo, hacia las rocas de la calita, mojadas y llenas de charcos.

-Siéntate aquí, mamá. ¡Aquí, mamá…! ¡Siéntate! No te pongas a dar vueltas. Esta roca está casi seca. Venga, empieza.

-Pero qué…

-El doctor Monteira. Cuéntame lo que hacían mi padre y el doctor Monteira. Teresa me contó algo, pero muy por encima.

-¿Teresa te habló del doctor Monteira?

-Sí, mamá. Me habló. Empieza.

-Voy.

-¡Mamá, ya!

-Pues… ¡Vale! Tu padre y el doctor Monteira montaron una red pequeña, pero muy efectiva, para sacar de aquí a mucha gente. Tú no te acuerdas, pero en la Rúa Cinqueira, dos calles más allá del piso de mis padres, había un bar con los cristales tintados. Es la callecita que sube al Outeiro, cerca de las casas sindicales. ¿Te das cuenta de dónde digo?

-Sí, ya sé.

-Bueno, pues al bar aquel empezó a ir toda la muchachada del barrio. Unos chavales llevaron a otros… –Esmeralda se detiene un momento, necesitada de aire–. Había un tipo, un celador del hospital… El caso es que convenció a mi hermana y a otra gente de que no pasaba nada. Y ya te dije, unos llevaron a otros, y así… Así pasaron las cosas.

El delicado encaje de una ola que muere en la calita sirve de descanso a Esmeralda.

-¿Tú sabes el cargo de conciencia con el que viven muchos de los que consiguieron salir?No sólo por la ruina de las familias. Es que esto funcionaba así: una red. Si vendías la mierda conseguías dinero para pincharte tú. ¿Lo entiendes?

-Sí, mamá. Pero háblame de la otra red, la de papá y el doctor Monteira- murmura Rosa.

-Era fácil, ¡pero también muy difícil! Tu padre conocía a muchos de los chavales porque había sido monitor en un campamento que montó la Asociación de Vecinos. Después se marchó a la academia militar, pero cuando venía de permiso siempre quedaba un rato con alguno de los críos. Eran todos más o menos de la edad de tu tía Rosa. Ya sabes que papá tenía mi edad, diez años más que la tía. Los suficientes para que él y yo fuéramos ya hombres y mujeres hechos y derechos cuando el tipo aquel…

-¿El celador?

-Sí, el celador. Cuando llegó al barrio para trabajar en el hospital nuevo… Bueno, ¡se fastidió! Ni asociación de vecinos ni campamentos ni nada de nada. Cogió a los chavalitos de quince o dieciséis años y los quemó. Los quemó, ¡y ya está!

Esmeralda calla un instante, antes de levantar la punta del paraguas clavado en la arena y exhalar un suspiro hondo y ya manso, como el recodo de mar que tiene delante.

-Mamá, sigues sin contarme lo de la red de papá y el médico –la apremia Rosa, intentando sin embargo hacer el menor ruido posible, volviendo a tener cuidado de no despertar bruscamente a la madre y el mar sonámbulos.

-Ya…

Esmeralda gira la cabeza y así, medio a escondidas, salen de su boca las palabras que Rosa había oído en multitud de labios, pero jamás en los de su madre:

-¡Te pareces tanto a ella!

-A tu hermana…

La madre de la Rosa pequeña asiente, como si se hubiera liberado de una losa, como si ahora le fuera posible imprimir vida a su relato.

-El caso es que, cuando tu padre vio lo que estaba pasando con los chavales, se presentó por las buenas en la consulta del Doctor Monteira, en el ambulatorio… No se conocían de antes, pero a papá le habían hablado de él como de un tipo que pasaba de burocracias y que siempre atendía a la gente, por encima de papeleos.

¿Pero el doctor ese no estaba en un hospital?

-Sí, pero también era médico en el ambulatorio del barrio. A lo que iba: el caso es que aquellos dos locos…

-Papá y el médico, quieres decir –dice Rosa, queriendo reír.

-Eso. Esos dos locos… Se pusieron de acuerdo para intentar algo por su cuenta, porque yo no sé si entiendes… Te estoy hablando de una época en la que no se sabía nada ni había nada. Pero nada, ¿eh? Lo de los centros de desintoxicación, y la metadona, y el mensaje de que los que caen en la droga es porque tienen personalidades débiles… Cariño, todo eso vino después. Vino después de la plaga, ¿me entiendes? Los primeros que cayeron, la gente como tu tía Rosa, como Teresa… No exagero si te digo que no sabían nada sobre las consecuencias de lo que estaban haciendo. Mucha gente se salvó por un rapto de lucidez. Les dio un fogonazo de sentido común, ¡y ya está! Y a otros simplemente les asistió el azar, la timidez que les impedía salir en pandilla, o el que la madre no pasara por alto que le sisaban monedas de los recados. Ay, no sé, Rosa, ¡no sé!

Esmeralda se incorpora de repente y se acerca violenta a la orilla.

Rosa espera a que la punta del paraguas de su madre machaque un amasijo de gigantescas algas marrones, de esos árboles fantasma que el mar esconde en sus entrañas, y que tanto asustan cuando uno se atreve a nadar lejos de la orilla, en aguas profundas.

-Mi hermana tenía dinero porque yo trabajaba. Yo se lo daba.  Me gustaba darle para caprichos, que no echara en falta cosas que a mí me hubiera gustado tener. Rotuladores nuevos, un helado del San Remo, una camiseta bonita… ¡Cosas de esas que mis padres no pudieron comprarme a mí! Yo ya enseñaba literatura arriba, en el colegio universitario, y ella era una niña de instituto. Y cuando me di cuenta…

No hace falta que Esmeralda termine la frase que dejó a medias. Eso –al menos eso– Rosa puede ahorrárselo, precipitándose a abrazarla. Después, la hija enlaza su brazo al de la madre y, así agarradas, recorren una y otra vez el breve arenal de la playita.

-Teresa me dijo que papá elegía a la gente…

-No era elegir. Era valorar. Tu padre andaba por ahí, por donde andaban ellos y, cuando veía que alguno aún razonaba, intentaba convencerlo para que fuera a ver al Doctor Monteira.

Esmeralda se detiene un momento, admirada de un recuerdo que la hace sonreír.

-¡Qué hombre, el doctor! Era un chuleta de cuerpo entero, un saco de orgullo con quien tenía que serlo, como tu padre. Pero también podía ser el hombre más tierno del mundo… Él y Pedro eran iguales, tal para cual.  El doctor Monteira era… ¡Había quien no lo tragaba! Tanta inteligencia y tanto corazón le hacían antipático a mucha gente.

-Mamá, deja quieto el paraguas, que me estás salpicando arena…

-¡Es que me da una rabia acordarme de lo que le hicieron! Lo quitaron de en medio… Pero eso fue después. Al principio… Te estaba diciendo que, para el doctor Monteira, una urgencia era una urgencia. Mandaba a tomar vientos a quien intentara frenarlo con trámites y comisiones y firmitas. Para él… Para él, montar un servicio para desintoxicar a los chavales que conseguías sacar de la calle. ¡Eso sí que era para él una urgencia extrema!

Esmeralda ríe de repente, regodeándose en el recuerdo de su Don Quijote particular:

-Me río yo de Paco Baira y de su jeta de galán de cine. ¡Un blandi-blup, eso es lo que es!

-¡Mamá, por favor!-suplica Rosa.

-Tenías que haberlo visto cuando yo le conocí. Era un hombre moreno, con unos ojos de moro que te tiraban de espaldas, ¡y aquel bigote enorme con las puntas retorcidas! Ahora ya está muy mayor y no quiere que nadie vaya a verlo ni a darle la lata con los agradecimientos. Es un hombre digno, Rosa. Un hombre como Dios manda. ¿Tú sabes que se tuvo que enfrentar a todos los mandamases del hospital para que le dejaran atender a aquellos chavales? Tu padre se los iba enviando durante el tiempo que pasó aquí cerca, en el cuartel de Figueirido, antes de que lo trasladaran.

-Pero entonces, ¿cuánto tiempo estuvieron así?

-Poco para lo que había que hacer. Les pararon los pies… Al doctor lo echaron del hospital y a tú padre alguien de la policía le amenazó… Connivencias, ¿entiendes? Mucha mafia. Bueno, el caso es que inmediatamente lo destinaron a Coruña, y luego a Salamanca. Después ya fue cuando nos marchamos los dos a Madrid.

-Me dijisteis que a ti y a papá os había presentado la tía –dice Rosa, intentando guiar el relato de su madre.

-Sí, pero espera… Espera que siga con lo de tu padre y Monteira, y te cuente cómo hacían. Primero, el doctor aislaba a los chavales, los recluía en el hospital y les daba medicación, y una vez que habían pasado lo más gordo del mono, los mandaba a Barcelona con la dirección de otro médico y de una gente… ¡una gente buena! Papá había contactado allí con unos cristianos de base que se hacían cargo de los chicos y les ayudaban a encontrar trabajo. Desde Cataluña, algunos se fueron a Sudamérica.

-O sea, que entre todos quitaban a los chavales de en medio, ¿no?

-Es que, a no ser casos muy en el comienzo, como el de Víctor, lo mejor era mandarlos fuera. Era el único modo de que tuvieran alguna posibilidad. Teresa estuvo muchos años sin volver. Ya ves: este agosto me contó que la primera vez que volvió fue porque Berta ya tenía cinco años y no podía andar con ella de aquí para ella, intentando ganar cuatro cuartos. Vino para dejársela a su madre y que la niña, al menos, pudiera ir al mismo colegio todos los cursos. Berta es la hija de Teresa…

-Ya. Ya sé.

-Teresa iba y venía por medio mundo, y eso la protegía. Andaba por ahí, por donde tuviera trabajo, y también por donde nadie la conociera, para que nadie le ofreciera droga. Es que los vendedores perseguían a todos los que intentaban dejarlo… Perder clientes era perder pasta para la propia dosis. Las estructuras piramidales de los estafadores funcionan también así, más o menos. ¡Me cansa hablar de esto, Rosa!

-Ya lo sé, mamá. Pero tienes que contarme. Sigue…

-Pero… No sé dónde me quedé… ¡No me acuerdo!

– Hablabas de Teresa, de que no volvió a casa…

-Ah, sí… Desde que papá la mandó fuera, no pisó Vigo hasta que tuvo que dejar a Berta con la madre. Luego iba y venía, pero sólo volvió del todo cuando murió la señora Faustina. Coincidió que Berta estaba embarazada.

-La señora Faustina era la madre de Teresa.

-Sí.

Esmeralda sonríe un momento, aliviada.

-Largar a los chavales por ahí solos parece tremendo, ¿verdad? Pero es que a veces no se podía hacer otra cosa. Los padres de los chicos ayudaban a papá a hacerlo. Entendían y daban su permiso, porque sabían que no iba a estar desprotegidos, que en Barcelona tendrían apoyo, y que la gente de Barcelona a su vez se encargaba de… Largarlos por ahí era la única posibilidad que había de salvarlos, al principio de la plaga. Después las cosas mejoraron. Con los años y los planes oficiales que vinieron después, hubo gente que fue tirando, tirando, y ahora lleva una vida normal, o casi normal. Muchos nunca han conseguido ganar un salario, pero están vivos y ahí los tienes: ¡ahora son ellos los que cuidan a los padres y a los tíos y a los sobrinos…! Viven de la caridad de sus familias y parece que no trabajan, pero trabajan a veces más que nadie. Expían la culpa en silencio, Rosa.

La madre mira a la hija, sonriendo abiertamente:

-Pero de esos nunca sabrás los nombres. Por mí no los sabrás nunca, desde luego.

Rosa baja la cabeza para digerir mejor, lo más a solas posible, la alusión al imperdonable error de Paco Baira y sus “supervivientes”.

-Lo de la tía y vosotros, mamá. ¿Cómo os presentó a papá y a ti?

-Voy, ya voy ahora –suspira Esmeralda, llena de susto.

-Mamá, si no puedes…

-Sí, sí puedo. Escucha… Pedro creyó que ella tenía posibilidades. Por mis padres, que nunca la echaron de casa; esa era la mejor garantía. Un día, él acompañó a casa a Rosa y subió a hablar con mis padres. Y conmigo, claro.

Tiene que callar, Esmeralda. La tempestad que se le desata dentro le exige un descanso, así que ata la mirada a la ola pequeñita, tranquila, que en ese momento besa la arena.

-Mi hermana lo intentó. Estuvo dos semanas en el hospital, pasando la primera fase de desintoxicación.

No lo sabía. Pensé que nunca...

-Sí que lo intentó, mi amor.

Esmeralda aprieta el brazo de su hija. Y le busca los ojos para decirle el secreto que nunca había dejado al alcance de la Rosa niña:

-Ella se enamoró de tu padre. O se encaprichó, no sé. Pero era lógico, ¿no? Quién sabe si le pasó lo mismo a las otras chicas que papá mandó al doctor Monteira.

-Claro –musita Rosa, intentado hacerse invisible, molestar lo menos posible ante el peso de aquello que sabe que su madre está a punto de añadir.

-El caso es que tu padre empezó a enamorarse de mí, y mi hermana…

Ahora sí que Esmeralda se ahoga.

-Ya está, mamá. Ya lo entiendo. La tía fue de mal en peor… Y luego, la sobredosis.

-Creo que se mató. Y papá también creía que lo hizo a propósito. La encontraron arriba, en nuestra casa. Papá y yo la compramos y la arreglamos cuando tú tenías tres añitos. Había estado abandonada tanto tiempo y… Ellos venían aquí.

Rosa mira atónita a su madre, que sonríe y llora.

-¿Qué pasa, mi niña? ¿No has sido feliz aquí?

Rosa no contesta, atragantada de algo que no sabe lo que es.

-Tu padre y yo hicimos bien. Vivir en esa casa siempre fue un consuelo. Era… No sé… Era como si mi hermana… Era como si nunca la hubiésemos abandonado.

Rosa está helada. Pese a las manos metidas en las mangas del chaquetón, pese al cuerpo doblado sobre sí mismo, Rosa se hiela. Se va yendo la poca luz de esta tarde triste. Se adivina madrugadora la noche y la lluvia violenta que traerá consigo.

-Mamá… Vamos a subir. Me muero de frío.

Al poner el pie en el primer peldaño de la escalera que sube a la casa, la madre deja caer su peso sobre el brazo de la hija.

-¿Estás bien, mamá?

-Cansada, cariño. Muy cansada.

Don Antonio en 2001, en una foto publicado por Faro de Vigo

Don Antonio en 2001, en una foto publicada por Faro de Vigo

 

 

Acerca de Esclavitud Rodríguez Barcia

Periodista y escritora, autora de las novelas "Un rumor que no se va" y "Nunca más tu sombra junto a mi". Ha trabajado como consejera técnica en la Secretaría de Estado de Comunicación (España) y formó parte del equipo fundador de Inversor Ediciones. Redactora en prensa económica y creatividad publicitaria. Nació en Vigo en 1961. Es Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y Máster en Comunidades Europeas por la Escuela Diplomática de Madrid.
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