Torcí la nariz, hace un rato, cuando vi que mi calle acumula otro habitante con ínfulas: junto al nuevo bar de salchichas y hamburguesas (fantásticamente decorado en plan taberna antigua) han instalado una preciosa y cristalina tienda de ropa vintage.
Torcí la nariz porque hace ya tiempo que, en cuanto oigo la palabra vintage, no pienso en su correcta traducción del francés (“cosecha”) ni en el bouquet y el glamour asociados a ese vocablo, sino más bien en el hedor, disfrazado de perfume, que desprenden los desinfectantes anti-chinches.
Torcí la nariz porque yo, al igual que una creciente mayoría de consumidores, ya no tengo edad ni inocencia para que me pillen desprevenida los hallazgos lingüísticos de unos cuantos genios de los negocios.
¡Vintage, en lugar de ropa usada! A otro perro con ese hueso, oiga. Aunque la verdad verdadera es que todo rebosa pulcritud, transparencia y razonable densidad de perchas en esa tienda llena de ropa desechada por otros, o dejada en herencia por elegantes que han pasado a mejor vida.
Torcí la nariz, por mucho que la tienda huela bien, porque estoy adquiriendo un odio nuevo, acerado y sarraceno: es un odio feroz a las palabras demasiado rebozadas en sofisticación, en moda que ya está demodé y que supura la pus del cuento ya mil veces contado.
¡Reclamo mi derecho al lenguaje claro e inocente, desprovisto de comunicologías! Y a lo mejor por eso me gusta tanto terminar las tardes de domingo tele-transportándome a una de las viejas pelis de StarTrek. ¿Te acuerdas de cómo hablan? ¿Y de cómo los anuncios de cosméticos imitaron luego su lenguaje? Me sigue encandilando esa saga donde la fe en el poder del lenguaje campa libremente, tan a sus anchas que la nave del bello y audaz Capitán Kirk se llama… ¡Emprendedora! Porque eso es la Enterprise, ¿no?