Leer “Nunca más tu sombra junto a mí”

Extracto de Nunca más tu sombra junto a mí

Nigel Wan Wieck

Nigel Wan Wieck

–¿No deberías ir al médico?– pregunta Carlos al regresar del baño.

Lidia no contesta. Ni siquiera se molesta en sacar la cabeza de debajo de las sábanas, por lo que resulta inútil el gentil cabeceo del marido. Lidia pasa. Ignora a Carlos por completo, tan a conciencia como ha hecho todas las mañanas desde hace un mes. Normal que esté el hombre empezando a hervir. Lidia sabe que su maridito anda a un tris de dejar la paciencia a un lado y soltar de una vez por todas una buena hostia en la mesa del comedor, o en la mesilla del dormitorio, o incluso en el cuerpo –en el cuerpo y no en el deseo– de la mujer que le atormenta. Piensa el caballero que la bruja con la que se casó se está dejando caer en un agujero negro sólo para fastidiarlo a él, para joderlo a él… Y todo por nada. Lo hace sólo para vengarse de una llamada que le hizo a él Rosa, Señora de Capdedeu, al día siguiente de la fiesta en su mansión. El arquitecto no podía negarse a comer con su mecenas para celebrar los comentarios admirativos cosechados en el festejo. Precisamente debido al espectáculo que dio Lidia al echar a correr por el jardín, Carlos debía aceptar. Lo que de ninguna manera tenía sentido era llevar consigo a la escandalosa consorte, tan desquiciada, tan hecha una piltrafa, pobrecilla.

Ahora Carlos cree que la piltrafa está jugando a la tragedia griega. Y, naturalmente, rumia lo que el doctor Julito está harto de repetirle: que con los enfermos como Lidia hay que tener mucha paciencia. Según tu amiguito del alma, somos unos cabrones, los enfermos. Unos cabrones de tomo y lomo, porque no hay nada más narcisista que este empeño mío en apenas salir ya del refugio de las sábanas. Pero Julio no lo dice así, claro. Julio es muy refinado. Él jamás pronunciará una frase vulgar, mucho menos una palabra soez. Las acusaciones más bárbaras las pronuncia siempre sin mancharse la lengua, diciéndote –sin decírtelo de frente– que tengas mucho cuidado, Carlos,  mucho ojo con la puta loca desquiciada que se acuesta en tu cama y que, con toda premeditación y crueldad,  pretende convertir estas sábanas en sudario de sí misma y a ti en culpable del óbito.

–Lidia, ¿estás despierta? No te tapes la cara. Sé que estás despierta.

Eso, nene. Perfúmate. Hazte el nudo de la corbata. Recoloca tus cajitas de marfil. Y ahora inténtalo de nuevo. Intenta de nuevo quitar la sábana de mi cara, que ya verás qué muerta estoy. Muerta del todo, mamón.

–Mañana mismo podrías ver a Julio. Te acompaño. Lola me ha arreglado la agenda.

No ha podido decir eso que he oído. Es imposible.

–¿QUÉ? ¿Qué has dicho, Carlos?

–Que mañana…

–No seas gilipollas. Lo de “mañana” ya lo sé. Lo que quiero que me repitas es si tú le has ordenado a tu secretaria…

–Lola no es mi secretaria.

–Oh, perdón. Se me olvidaba que, en esta era informática, las secretarias ya no existen. Lola es tu ayudante. Asistente de dirección, ¿verdad?

–Sí, eso es. Es asistente de dirección de Vigaña Arquitectura, no sólo asistente mía.

–Ya. Y tú le has dicho a tu Vicetiple que concierte una cita para mí. Una cita con el psiquiatra Don Julio Martínez, ¿verdad, Carlos? ¿Eso le has pedido a tu jefa de oficina? O sea que yo –¡yo!– soy una tarea dentro de tu agenda, una cosa que forma parte del trabajo de Lola.

Duele la verdad, ¿eh, monstruo? Ya puedes toquetear otra vez y mil veces las cajitas de marfil, tan pulidas y finas ellas… Ya puedes sobarlas durante tres eternidades que ahora sí que no te vas a librar de ver mi cara, emergiendo de entre las sábanas. ¡Esta muerta va a resucitar!

–Carlitos, habla. Habla y dime: ¿quién coño eres tú para hablar con Lola de mi?

–Pero si yo no…

–¿Qué le has contado a Lola? ¿Qué sabe Lola de mí?

–Nada, mujer. De verdad que lo siento.

–¿Nada? ¿Entonces por qué lo sientes?

–Por nada. No le he contado nada. Tengo mucho que hacer, pero te acompaño a la consulta de Julio a las cuatro y media.

–Carlos, déjalo. Yo me voy.

–¿Cómo que te vas? ¿Te has tomado la pastilla?

–No te atrevas a seguir por ahí, Carlos. ¡No te atrevas! Mejor dicho: no vas a atreverte nunca más. No vas a poder porque me voy. Ahora mismo me voy.

Yo no puedo hablar en serio, ¿verdad, Carlos? Serán cosas del tratamiento. O de la ausencia de tratamiento. Julio ya te ha advertido que Lidia, a escondidas, se está tomando unas largas vacaciones de medicación. Pero tu esposa está muy enferma, mucho más de lo que ella misma cree. No puede ir a ningún lado, por mucho que de pronto salga fuera del refugio blanco y satinado de esas sábanas que tanto hablan del bienestar material que tú le proporcionas.

Pobre Lidia, empeñada en una comedia que los dos saben cómo terminará. Ella no puede irse. Tendrá que quedarse, por mucho que, de un solo salto, haya cruzado la habitación y se afane en embutir en su gigantesco bolsón del gimnasio –ése que ya hace tanto tiempo que no usa– un gurruño de pantalones, blusas, bragas, jerséis, zapatos, dos americanas, el ordenador portátil, la vieja agenda de plástico que él creía en la basura, y cajas de lentillas de usar y tirar, y también gafas. ¡Las gafas…! ¡Lidia está guardando todas sus gafas!

–¿Qué haces, nena? Quieres dejarte de tonterías…

–¿Es una tontería que yo me vaya, Carlos?

–No seas absurda. No te puedes ir.

–Por supuesto que me puedo ir. ¿Quién me lo va a impedir? ¿Tú me lo vas a impedir?

–Yo no. Tu médico. A las cuatro y media tienes médico. Ahora mismo tienes médico, si quieres. Llamo a Julio…

–No, ¡ya no!

La mano de Lidia corre veloz, tan eficaz eligiendo prendas (aquí van dos vestidos y tres fulares) que su dueña ya casi ha llenado la honda bolsa de deporte.

–Nena, ¿quieres matarme? Me equivoqué con lo de Lola y la cita. Pero perdóname. Y sobre todo, déjate de estupideces.

–No te perdono. Apártate, por favor.

–Tú no te vas. No puedes. Estás enferma.

–Que me dejes de una vez… ¡Apártate!

De pie junto a la puerta del ascensor, esperando que la cabina llegue al descansillo de su hermoso ático, Lidia percibe todos y cada uno de los detalles que hacen tan lindo el forjado de la baranda, y también el amplio y elegante caracoleo de la escalera que lleva hasta el portal. Sus ojos se han convertido en un visor de precisión, y hasta cree que sería capaz de calcular cuántos segundos tardaría ella en llegar abajo, hasta el umbral de la calle, en caso de que fuera necesario prescindir de la cabina que ya sube, sube… “El futuro sólo puede ir a mejor”, ha leído uno de estos días en un muro cualquiera de alguna parte, en alguna de esas pintadas callejeras que la hipnotizan. Es verdad lo del muro. Es verdad que el futuro sólo puede ir a mejor. Al menos es verdad para ella, que no tiene nada, a no ser la sensación de vivir de prestado. Así que era esto, la angustia. De esto venía la angustia: de  vivir de la caridad, en mi propia casa.

–No seas absurda. ¡Entra de una vez!

–No.

–¿Pero a dónde vas? Tú no tienes amigos.

–Sólo tú eres mi amigo, ¿verdad?

–Sí, sólo yo…

–Tú me haces daño.

–Déjate de… ¡Entra, coño!

–¡No!

Intenta librarse Lidia de las manos de Carlos, que la aferran por los brazos, justo encima de los codos. Es de ahí, de las manos de Carlos, de dónde viene el dolor que la horada desde hace siglos. El dolor viene de él, tan cariñoso; de él, que tanto se complace siempre en acariciar la cintura de su mujer.

–Me matas, Carlos.

–¡No te entiendo! ¡Entra, hostias! Que entres te digo. ¡Qué entres, joder!

El rugido sofocado de Carlos suena en mis oídos tan remoto como los ruidos de la calle. Qué absurdo, por Dios, esto de que él jamás pierda la compostura. Carlos es tan capaz de gritar bajito…

–¡SUÉLTAME!

–Ssshh. Calla. Calla y entra…

¿Por qué habría de callar? Nadie me va a oír, Carlos. Aquí no hay vecinos. El fondo de inversión que compró el piso de abajo es un fantasma, no un vecino. Nadie oirá mis alaridos. Este es un edificio señorial e histórico, o sea, un edificio casi vacío. Pero qué vergüenza de esposa, ¿verdad? Tienes miedo de que ella vuelva a gritar como ella sabe gritar, como si los gritos pudieran llegar más allá de la preciosa claraboya que tengo aquí, encima de mis ojos, prometiendo luz.

–Suelta, Carlos. Déjame ir.

¿Lo ves? Yo también puedo susurrar.  No te quiero hacer daño, cariño. No quiero, porque no es verdad que tú me hagas daño. Soy yo. Yo sola me hago daño. Yo misma fui dejando que tú me hundieras poco a poco en el subsuelo, allí donde los solitarios se queman mudos en las llamas del infierno, sin siquiera dar un grito, sin lanzar una señal de socorro, un por favor venid a mí… Claro que Lidia está sola, Carlos. Tienes razón. Está sola, pero ahora va a escapar del lento suicidio de dejarse desaparecer. Voy a salir. ¡Yo voy a salir!, ¿te enteras? Tengo que salir… Lo fácil sería quedarse aquí, tan aislada y tan sola como siempre. Nadie te hace daño si no coges el teléfono, si no concedes un café, dos risas, una cita, qué es de tu vida, amiga…

Ahora tengo puños de hierro yo también, Carlos. Como tú. Mira como  aprieto, yo también. Pero no me mires así, mi amor. Es imposible irse así, con este peso encima. Es imposible pero lo haré, Carlos. No inclinaré la cabeza sobre tu pecho. No descansaré. No me dejaré ir  de nuevo hacia dentro.

–Déjame, Carlos.

–No puedes irte. Dime qué quieres…

–Nada.

–Te quedas, entonces.

–¡No! Y suéltame… Tus manos, Carlos. Me haces daño.

–Eres tú, que haces fuerza.

Unas uñas afiladas despellejaron las garras de Carlos, a su vez clavadas en la piel finísima del envés de los brazos de ella, de las muñecas de ella… Pero él tiene fuerza, muchas horas de cultivo de la fuerza a solas con su entrenador personal. Él tiene el poder suficiente para placar el cuerpo de Lidia.

Él tiene el poder, pero ella tiene la rabia.

Lidia Barrantes calcula el momento exacto en que un rodillazo dirigido a los genitales de su marido podrá liberarla. Liberarla de las manos de él, pero sobre todo de la vergüenza. De la vergüenza de hoy, y de la de ayer, y del miedo a seguir sintiendo vergüenza todas las mañanas de su vida, en cuanto el mundo de los demás amanece y Nadine se pone a meter ruido con el lavavajillas. Tanta vergüenza da miedo. Y el miedo es el invasor perfecto. No hay manera de  combatirlo. Porque no está fuera. Está dentro. Imposible librarse del miedo. Hay miedo por todas partes. Miedo a meterse en el ascensor y salir a la calle, ¿hacia dónde? Y miedo, miedo infinito, a recular y ceder y volver a meterse en la casa, en la casa que en verdad no es de ella, sino de Carlos, como también son de él esta bolsa de deportes que él pretende arrancarle pese a que le queman los cojones y se dobla de dolor. Pero él no se rinde nunca. Nunca se rendirá ante Lidia. Nunca, nunca. Por eso ella tiene que golpear, golpear, golpear. Y darle sin compasión al botón de bajada.

¿Qué es este dolor en los dientes? Le ha mordido. Ella a Carlos, hace un instante, cuando él la aplastaba para poder bloquear el ascensor con la mano.

–Buenos días, Doña Lidia. ¿Lleva paraguas? ¿Y su paraguas? ¿Ha bajado sin paraguas? A ver, traiga, déjeme la bolsa…

A Lidia le molesta de un modo difuso, lejano, la voz del locuaz portero. Esteban ya no tiene nada que ver con ella. Ella será libre en un instante, y dejará de deberle la caridad que el hombre ha tenido con la propietaria del ático miles de veces, al acunarla con una charla intrascendente que poco a poco la inclinaba a asomarse a la calle, a esas aceras que tanto había llegado a temer, a ese bullicio de vida que se sentía incapaz de compartir.

–Deje, Esteban.

Es muy pesado, este hombre. Era lo que faltaba: forcejear con el portero, también. Pero ahí está la salida. Está oscuro, pero se siente el ruido. Ahí hay gente. Gente que lleva paraguas. Es verdad que le hace falta un paraguas. Llueve y la lluvia ha apagado la claridad. Pero da igual. Las calles se están lavando para recibirla. La abrazarán limpias, pizarra en blanco para la prisionera que sale a la intemperie.

–Esteban… Gracias. Me voy. Me voy, ¿me entiende? Párelo. Que no me siga, él.

–Váyase, señora.

Esteban la empuja hacia fuera mientras los dos oyen el galope de Carlos, escalera abajo. Y Lidia comprende cuánto la han compadecido. Esteban, pero no sólo Esteban. Había sido piedad, dulcísima y aterrada piedad, la cháchara de la mujer de la frutería. Por piedad, por nada más que piedad, se había entretenido la mujer de acento tropical en recordar a Lidia la satisfacción que uno encuentra en el trabajo, en una vida propia. Así que también era esto la angustia. También este saberse pasto de la piedad ajena. También esta compasión que los demás sienten al verte vivir a medias, conformándote con la calderilla, con la espuma del bienestar de otro, por muy cónyuge tuyo que sea.

Es urgente correr, darse prisa.

Carlos ni siquiera es consciente de qué poco amor le queda para ella, de cuán pronto dejará de quererla.

Llueve tanto, y aparece tan tenebroso este comienzo de mañana, que es fácil perderse inmediatamente de vista, cobijada bajo el paraguas negro –uno más, igual a todos los demás– que Esteban le metió casi a la fuerza entre las manos.