La austeridad que nos está matando

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El gran relato económico de nuestra era ya no será la Gran Recesión de 1929. Tampoco le cabrá ese deshonor a la gigantesca crisis financiera de 2008. El gran relato que contaremos a nuestros nietos se titulará “Austerity kills”. Que la austeridad mata lo estamos comprobando de golpe ahora mismo, en nuestras propias casas, confinados por el Covid-19 y por la certeza de que la capacidad de nuestro sistema sanitario es limitada. Los equipos médicos no dan abasto. Debido a la increíble capacidad de propagación del virus, sobre todo; pero también al hecho cierto de que el rescate de los bancos y empresas quebrados en 2008 se hizo a costa de una sangría de recursos en los hospitales y servicios de salud públicos.

“Austerity kills”, la pancarta que media Europa enarboló entre 2008 y 2012, se ha hecho dolorosamente literal. La austeridad nos está matando. La austeridad que hoy convierte a nuestros médicos, enfermeros y celadores en carne de cañón. Acodados en las trincheras, levantando barricadas en primera línea, es lógico que ellos no tengan tiempo de hablar, de recordarnos a todos cuánto más deberíamos haber gritado para que no se desmantelara lo que éramos, lo que podríamos volver a ser: un país que cuida de sí mismo, de los ciudadanos que son su carne y también su alma.

Los de las manos mágicas y el coraje imperioso no pueden hablar. Están demasiado ocupados. Pero nosotros sí. Nosotros, que nos quedamos en casa precisamente para aliviarles la carga. Podemos hablar y desde aquí os digo: montemos el show, usemos nuestra palabra con la misma carga dramática con la que suelen usarla los políticos, robemos su arrogancia y hagámosla nuestra. Yo empiezo. Yo me encaramo a la tribuna y os conmino a re-descubrir vuestra indignación. La misma que entre 2008 y 2012 cubrió las calles de España (¡el nombre de mi país es mío, no de unos pocos!) de mareas blancas, verdes, amarillas.

Tengo miedo hoy. Quién no. Miedo de que mañana sea uno de los míos quien salga de casa en una ambulancia rumbo a un hospital colapsado. Claro que tengo miedo. Pero el miedo no siempre paraliza. El miedo es adrenalina. El miedo nos mueve, si tú quieres. Por eso te sugiero que esta tarde a las 8, cuando aplaudamos a los soldados de la primera línea del frente, pienses ya en la tarea que nos espera dentro de nada, en cuanto salgamos de esta. Tenemos que recuperar la Sanidad Pública, la que poco a poco se nos ha ido yendo por los desagües de la corrupción y la política entendida como cortijo de amiguetes.

Este es el momento de hacer oídos sordos a los politicastros que aseguran que Ellos y solo Ellos pueden hacer lo que prometen, y que solo lo que Ellos prometen es lo correcto. Esta no es la hora de esa gente. Esta es nuestra hora. La hora del cambio. La hora de los ciudadanos, en defensa del Ejército Sanitario que lucha por salvarnos.

 

 

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