Leer «Un rumor que no se va»

 

1.Volver

 Un rato de cuento de hadas no hace daño a nadie. Ni siquiera si estás harta del azúcar de tu mamá, Emperatriz Mundial del Relato Romántico.

Sueña, Rosa. Sueña, nenita. Haz caso a lo que tu mamá te dice siempre. Sueña y descansa.

"Desnuda en la playa", de John Godward

«Desnuda en la playa», de John Godward

Es un alivio esto de hacer como si nada hubiera cambiado. Como si el Coronel siguiera vivo y Esmeralda no fuera una celebridad mundial. Como si Rosa y su superlativa madre nunca hubieran escapado de Ribadexuncos. Como si no llevaran encima diez años de huida.

Genial que el panadero sonría mucho pero sólo diga “Buenos días”. Y más genial aún que el hombre del quiosco haga lo mismo, como si todos estuvieran metidos en una conjura de silencio. ¿Saben o no saben que Rosa es Rosita, la de la Casa de Arriba? Puede que no. Casi seguro que no. Cuesta reconocer a alguien que se fue con cara de cría y vuelve siendo ya una adulta. Pero mejor que nadie pregunte nada. Definitivamente, mejor así. Que parezca que todo es igual que antes.

Venga, Rosa, ¡disfruta! Déjate llevar por la ilusión de que ese maíz salvaje que tienes ante los ojos es tan salvaje como antes, de que crece tan poderoso y libre como cuando tenías dieciocho años. Fíjate bien. Mira cómo se agita en las laderas que dan al mar. Parece tan fiero, tan vivo y rebelde, que hasta podría hacerte olvidar la visión de esos ladrillos feos, de las filas de chalés adosados que se levantan insidiosas y van atosigando a las mazorcas, cercándolas con la fruición de una mala hierba.

Sueña, Rosa. No seas terca. Mira el maíz y deja los ladrillos en paz. ¡Haz caso a tu madre, coño!

Pero es imposible apartar la vista. Tú los tuviste que ver ayer, mamá. Tuviste que verlos cuando bajaste a por  el periódico. Chalés adosados en Ribadexuncos… Qué absurdo. ¡Si aquí llueve todo el tiempo! O casi todo el tiempo, por mucho que tú insistas en que no. Aquí llueve, mamá. Llueve, que yo me acuerdo. Llueve y a la gente que viene de fuera, a la que no ha nacido aquí, eso les pone un cohete en el culo. Se mueren de ganas de largarse, por mucho que, cuando te entrevistan en la tele, tú cacarees que este trocito de aldea adosada a la muy pujante ciudad de Vigo, tu Galicia entera, es un Paraíso en el que aún se ve el dedo de Dios por todas partes. ¡Que aquí llueve mucho siempre, que aquí llueve como si esta tierra estuviera hecha de mar! ¿No te das cuenta de que eso no gusta?  Pero tú nunca te apeas de la ficción, claro. Tú vives de vicio en tu mundo rosa. Te da igual no enterarte de que a la gente le gusta el sol y se pirra por  bañarse. ¡Por bañarse y no por empaparse! Y que también le encanta pasear por llano y no ponerse a trepar por caminos de cabras como éste… ¡Joder, mamá! En cuanto llegue a casa te obligaré a llamar a Jorge, el de la gasolinera. Tiene que venir y echar por lo menos un par de cubos de cemento en estos baches. Se supone que Jorge está encargado de mantener en condiciones el camino. Se supone, pero a lo mejor es mucho suponer. Porque caminar por aquí nunca ha sido fácil. No que yo recuerde. No me extraña que tu marido y tú me llamarais la Rompe-sandalias. Como para no serlo, si me pasaba todo el verano saltando por esta trocha infame.

Ya no me acordaba de lo tremebundo que resulta ir desde nuestra casa a la glorieta de los recados. Estos quinientos metros se las traen. Los disfrutas mucho cuando te deslizas cuesta abajo, pero lo de cubrirlos cuesta arriba es heroico.  Menos mal que, de tanto trotar por aquí, ya de pequeña me crecieron pantorrillas de atleta. Pantorrillas de atleta y ojos de cazadora de paisajes… Si vieras, mamá… ¡Está tan bonita la ría! Estalla de sol por todas partes. Estalla como si se estuviera riendo de mí y de mis ínfulas de chamán iracundo invocando la lluvia. Estalla como si este brillo tan rosa y tan happy fuera lo normal aquí.

Qué engañosa es tu Ría de Vigo, mami. Tan engañosa como tú, que pareces tan encantadora y no eres más que una serpiente.

Te odio, mami. Te odio como si tuviera quince años. Más aún que si tuviera quince años. Y motivos tengo de sobra. Tú bien lo sabes, señora.  Lo sabes y este verano te lo voy a hacer pagar. ¡O tú o yo, mamá! Te lo advierto desde ya. Pero hoy es hoy y, vale, pongamos que hoy, al menos hoy, hace un día muy rosa, un día muy happy, uno de esos brillantes días con los que sueles decorar el final de tus novelitas.

Soñemos, pues. Vamos a volver a soñar, como tú me repites siempre que haga.

Los pajaritos cantan y las olas también.

El fragor del agua apaga todo lo demás. Y esto sí que es verdad. Verdad verdadera y no sueño. Lo es al menos en esta curva que tanto le gustaba al Coronel. Sabes de qué curva te hablo, ¿no, madre?: de esa que está diez metros más abajo de la cancela de nuestra casa, de esa que es tan brusca que te hace disfrutar de repente, como si fuera magia, de un mundo en el que los coches y los edificios ya no existen.

Ya no oigo el rugido de la carretera. El mar lo ha anulado de tal manera que hasta yo podría creer que de verdad existen esos idílicos “túneles del tiempo”, esos  de los que mi mamá tanto abusaba al teclear sus primeros cuentos de enamorados. ¿Me los creo? Me los voy a creer, mamá. Aquí no es difícil. Aquí es facilísimo olvidar que sólo hace tres días  que dejé el periódico.  Aquí, colgada del bramido del agua, ya parece como si nunca hubieran existido los zapatos de tacón y el hondo bolso-baúl de los días de curro.

Tienes razón, mamá: un rato de cuento de hadas no hace daño a nadie.  Ni siquiera a mí, que vivo saturada de cuentos de hadas, inmersa en cuentos de hadas, creyéndome como una tonta todos los cuentos de hadas que me cuentan. Que me cuentan los demás, porque tú… Cuando se trata de mí, que soy tu niña, a la Maga de la Escritura Primorosa le gustan más las historias de terror, ¿verdad? Pero me da igual.  Paso de ti. Paso porque huele muy bien. Este olor no lo pervierte  nadie, ni siquiera la arpía que tú eres, madre.

Huele a mar salvaje, a la vida cuando aún es “eterna, una fresca mañana de junio cargada de promesas”.  Tanto que te quejas de mí y… ¿Ves qué buena hija soy, mamá? Sueño. Me dejo ir en el bienestar. Tanto me ablando que hasta soy capaz de abanicarme con las chorradas del cursi de Amado Nervo. Me sé de memoria sus poemas. ¡Cómo no voy a saberlos si tú siempre has sido una obsesa!  Cuando empiezas a dar el coñazo con algo, no paras. Me los sé porque en nuestro primer crucero se te dio por leerme los versos de tu Venerado Señor  Don Amado todos los días y a todas horas, en las hamacas de la popa y en la barandilla de la proa. No parabas de darme golpecitos en el brazo y repetirme que también hay que leer a los rimadores floridos, y que habría mucho que aprender de esos demócratas de la elocuencia, tan capaces de conseguir que les entienda todo del mundo, y de que todo el mundo recuerde sus poemas.

Te odio, mamá. Hoy que hace un día tan happy-yupi te odio más que nunca. Porque me gustaría disfrutarlo yo sola en solitario, sin estar colgada de ti, tan colgada de ti como siempre. Estoy harta de que nunca te despegues de mi lado, de que vivas chupándome la sangre. Te odio mucho muchísimo. Me da la risa, pero es verdad: ¡te odio! Te odio desde siempre. Desde que tengo recuerdos. Desde que te empeñabas en que entre lo de engullir el bocadillo y lo de mojarme los pies en la orilla dejara pasar por lo menos hora y media.

Siempre has sido una torturadora, Esmeralda. Una vampira siempre, aunque tú te las dieras de hada madrina y, cuando había extrema marea baja, una marea tan extrema y olorosa como la que hay ahora, abrazaras a tu eterno bebé y le susurraras al oído aquello que sonaba tan bonito: ““Huele a esperanza, nena; huele a la espuma de las mareas que han de llegar”. Sí que olía a esperanza, mamá. Claro que sí. Pero a la esperanza de los otros niños, no a la mía. Los otros niños corrían a la orilla con el bocata en la boca ¡y a mí no me dejabas mojarme los pies!

Te odio, mamá.

Te odio pero me da mucha rabia cuando, en el periódico, algún erudito de esos que lleva treinta años escribiendo su única novela se ríe de la fórmula de tus best-sellers. ¡Como si fuera tan fácil! Se piensan que escribes al descuido. Les reconforta pensar que lo haces con negligencia, sin prestar extrema atención a la más humilde coma.  No les cabe en la cabeza que seas capaz de escribir a la velocidad que escribes. Pero toda esa gente que se ríe de ti no tiene ni idea de quién eres, mami. ¡Idiotas! No saben de cuánto eres capaz. No se quieren enterar de qué buenas son esas doce fábulas de amor con las que has conquistado el mundo en apenas nueve años. Pero yo lo sé. Lo sé porque para eso me las he leído y releído y vuelto a releer más de mil veces. Yo sé cuánta profundidad y cuánta sal y cuántos monstruos hay en esas aguas que parecen tan dulces. Sé cuánto amor y cuidado pones en lo que escribes, y también cuánto te gusta que yo te corrija. En eso sí que nos entendemos, ¿verdad, Bruja? Ya sabes tú que nunca tendrás editora más eficaz e implacable que esta nena que, antes de que las novelas salgan a la calle, siempre está encantada de subrayar en rojo chillón los párrafos demasiado vulgares, o falsos, o amanerados. ¡Hay que ver cómo disfruto, Doña mía! Nada me gusta más que meter el dedo en el fango y luego pasear el dedito, bien sucio, ante la preciosa cara de mi mamá, tan famosa y alabada.

Te odio, mamá. No hago más que repetírtelo, ya lo sé. Pero hoy estoy empalagosa. Tan híper-empalagosa como solías estar tú en tus primeras novelas. Tú, que escribes muy bien pero tiendes a escribir siempre lo mismo, casi sin arriesgarte. No te enteras de nada, mamá. No te enteras de que, si quisieras, podrías escribir algo más que esos textos siempre iguales, cortados por un único patrón, en los que todo acaba remitiendo a la niñez, al paisaje infantil que es Paraíso y Santo Grial, el cielo que la heroína busca, a modo de consuelo, cuando la pobre aún es Cenicienta y faltan todavía muchas páginas, trescientos adjetivos y cuatro o cinco avatares, para que aparezca el Príncipe Encantador, por supuesto encaramado a un Ferrari rojo, un yate supersónico y un ático infinito en el París de la Francia.

Ese cuento que siempre cuentas a mí me gusta mucho, mamá. Ya te he dicho que cada vez me gusta más. Pero quisiera… ¿Por qué no intentas…? Sólo con que te decidieras a ir un poco más allá del momento en que tus enamorados comen perdices… Yo no sé si te das cuentas, mamá, pero así a lo tonto, como quien no quiere la cosa, llevas ya mucho tiempo sembrando en tus novelillas un montón de palabras hondas de verdad, alejadas de las convenciones del género genuinamente rosa. Pero la Doña que eres tú, terca como una mula, pasa mucho de reconocerlo. Hasta te cabreas si te lo digo. Ayer mismo, cuando te lo comenté a propósito de tu última novela, Madame Celebridad se empeñó en que de eso nada, que ella sigue escribiendo “las mismas obviedades felices de siempre”, y que así seguirá “porque me va muy bien. ¡Lo que quiero es que a la gente le consuelen mis frases; que todo el mundo se las aprenda de memoria y las escriba en  las puertas de los váteres!”.

Mi mami es cabezona. A mi mami no le da la gana de deponer su papel de payasa. Pero aquí está su hija, vigorizada por este aroma a yodo y humedad, por estos montes y estas aguas tan capaces de devolver la fiereza hasta al soldado más cansado. Me vas a oír, mamá. Vas a tener que oírme. Te voy a poner en órbita primero a ti y luego a Juan, a mi Perfecto Cónyuge Triunfador. Me tenéis harta, los dos. Estoy harta de que tú no te atrevas a escribir lo que tienes que escribir,  y además me insinúes que mi marido es un mierda. Y harta también de que el Otro pase de mí.

Hay mucha cosa fea en la vida de Rosa. Mucha cosa fea y mucho demonio malvado, levantando purulentas montañitas de mezquindad. Por un lado tiene a Juan y su circo de pulgas presumidas, todas bailando al son del Partido Socialdemócrata. Y por el otro ahí anda Esmeralda, encantadísima de dedicarse a derramar insecticida sobre el yerno. ¡Qué dos! Pero qué gusto este aire azotando la cara, barriendo el espanto.

Menos mal que Rosa tiene la casa. Esta casa que merecería habitar en los textos coloridos, siempre exuberantes, que redacta la madre. “Trazos de vida antigua reptan por sus muros, como si un millón de ánimas perdidas se resistieran a dejarla”. Algo así escribiría Esmeralda si Esmeralda se diera permiso a sí misma para escribir como debe, con toda la hondura que ella sabe.

Es verdad, verdad y no sueño, que hay algo dramático pero también hermoso, infinitamente consolador, en el aire desvencijado del edificio.

Contemplada desde lejos, desde la verja del jardín, da la sensación de que la Casa de Arriba no aguantará una tormenta más, de que la próxima galerna la hará desaparecer. Y sin embargo, cuando uno se acerca al porche, tiene la sensación de que las columnas, y la tenaz buganvilla que lleva décadas ahí atrapada, te tienden los brazos abiertamente, y hasta te susurran que te dejes llevar por el aliento de esa brisa que merodea entre la hierba y las hortensias.

Sienta bien esto de volver a casa.

Qué locura esos diez veranos subidas a un trasatlántico, paseando por las esquinas de todos los mares, de cualquier mar a excepción de aquel que  deposita a uno directamente aquí, en Ribadexuncos.

Con la Casa de Arriba ante sus ojos, a Rosa ya no le parecen tan obvias y tópicas las frases de Adela, la protagonista de la última novela de Esmeralda: “No se puede deshabitar el hogar. Podemos ir, y volver, y dar la vuelta al mundo, y sentir que en realidad no ha pasado nada: abrimos la puerta de casa y al instante volvemos al punto de partida, allí donde dejamos la vida en suspenso”.

No, no es tan evidente lo que la escritora puso en boca de Adela. Para comprenderlo de verdad, hay que haber acumulado una amplia experiencia en el arte de la fuga prolongada. Como les ocurre a ellas dos, a Rosa y a Esmeralda. Porque lo que han hecho durante los últimos diez años es eso: fugarse. O sea: huir, largarse. Largarse para no topar con el dolor de ser sólo dos, y no tres, en la Casa de Arriba. Pero son dos. Sólo dos. Papá no está.  Su muerte es real, por mucho que la viuda Montalbán intentara no enterarse, escapando sin tregua a los mares de más allá de Vigo, a cualquier mar que no fuera el de su ría natal.

El Coronel no está. Eso es lo que hay. Y lo demás son cuentos.

La huída duró diez años en los que Esmeralda jamás mencionó la palabra “fuga”, sino otra mucho más inocente: curiosidad. Con ademanes de diva, blandía ante sus amigos y su hija un guión férreo, centrado en la solemne apelación a su apetito de artista: “Necesito ver mundo; el camino me da energía y argumentos para mis novelas”. ¡Novelas!, se atrevía a decir la muy fantasiosa… Novelera que era ella antes de haber escrito ni una sola línea.  No empezó a escribir sus fábulas de amor hasta que se bajó del segundo crucero. Pero, cuando aún no había escrito nada,  nadie le tuvo en cuenta esa fantasmada, ni siquiera su hija. Si a mamá se le acababa de morir el marido, qué menos que tener la caridad de dejar que expresara en voz alta las ambiciones que le salieran del moño, por muy locas que sonaran. A nadie hacía daño Esmeralda, cuando se soñaba a sí misma Cervantes de Galicia, Ilustrísima Manca del Miño y sus afluentes. Desvariar un poco desatranca el dolor, eso lo sabe todo el mundo, hasta las chicas de veinte años que estrenan orfandad de hija única ante una madre que de repente también se convierte en Progenitor Único.

En una familia de tres hay un punto de fuga. En una de dos, todo es espejo. Incluso la evasión que proporcionan los cruceros.

Se embarcaba Rosa en la fuga por los mares con el mismo entusiasmo que la madre. Cosa fácil, porque la palabrería de los folletos turísticos no anda muy descaminada. El barco que te abraza es una cápsula gozosa, una oportunidad de provisional abandono de uno mismo. Encaramado a la cubierta de un trasatlántico, uno puede hacer como los niños: jugar al cucú, al estoy-pero no estoy. La vida de tierra adentro adquiere un tacto débil, una inconcreta textura de espuma. Elevas los ojos y olvidas lo que hiere. Sólo la luna existe. La luna que llena el cielo, sobre el océano, y desprende más belleza que todas las ciudades y los puertos que la lujosa ballena-hotel va dejando atrás.

El mar te asoma a Dios. Te permite contemplar a Dios y, así, sentirte a salvo de todo mal, limpio, libre de pecado. Eso no lo dicen los folletos, y ni falta que hace. No perdonaría Rosa –ni ninguno de los paganos que por el mundo anda- que nadie proclamara en letras chillonas el por qué de su adicción profunda al sol, la lluvia, el agua, las tormentas y los vientos. Es mejor, y más efectivo para las ventas, que la publicidad bordee los tabúes y se quede donde debe: en las escamas del crucero; en el fulgor de las copas y las excursiones. Pero la verdad está en lo otro: en que el mar, tan infinito, asusta y calma a la vez. Se parece mucho al amor. Mar y amor juntos, qué bomba. En pareja, amarraditos del brazo, hacen estallar el corazón del más pintado. ¡Qué hambre de vivir da el mar! Por eso Rosa Castro procuraba hacerse invisible, cómplice en las sombras, cuando algunas noches subía a la segunda cubierta del trasatlántico, y a la tercera, y a la cuarta , y descubría el bulto de las parejas que se apretaban ansiosas contra la chapa y las barandillas, alimentando el anhelo de la cama que les esperaba allá abajo, en el camarote. Qué vicio atávico, éste de macerar el deseo en el tacto del aire libre.

Rosa Castro, adicta al mar, sabe que son legión los humanos, disfrazados de  turistas, que aprecian de los trasatlánticos no el interior, sino la intemperie.

Acompañando a Esmeralda del uno al otro confín, viajando por todos los mares conocidos, Rosa sentía que no era tan rara la manera simple en que le gustaba divertirse. Sentir el viento en la piel, ese era su placer. Sentir el aire; no quedarse dentro de ella misma. Eso es todo lo que ella quería. Lo que descubrió que muchos otros querían. Y lo que en los cruceros ella facilitaba, cuando la mirada famélica de otro solitario de las cubiertas les llevaba a buscar un recorrido compartido, un común deseo sobre el que recostarse.

Dios es amor, ¿verdad?

Y Dios es también el Verbo, el inacabable caudal de palabras sobre el que se encaramaba Esmeralda para resucitar a su marido. En los cruceros, a resultas de la ociosidad y de la obligada cercanía entre pasajeros, por supuesto que a la despampanante viuda se le disparaba la libido, como al resto de los mortales,  pero ella la sublimaba en labia. En labia y en impiedad. Porque disfrutaba locamente, como una infame burladora, del poder de su propia boca, la misma que derramaba encanto y falsas esperanzas sobre hombres y mujeres que eran  para ella irreales, fantasmas sin sustancia,  sombras que nunca alcanzarían a llenar el hueco  –el beso profundo del Coronel- que la torturaba a todas horas.

Han hecho mucho camino juntas, Rosa y Esmeralda. O por lo menos, la una junto a la otra.